El poblado de Cabezudos: un mundo que se hunde

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Antiguo poblado forestal de Cabezudos.
Antiguo poblado forestal de Cabezudos.
Antiguo poblado forestal de Cabezudos.

Juan B. Fdez. Sánchez. Aún perdura cercano a nosotros, pero por poco tiempo, un mundo que se hunde, me refiero al poblado forestal de Cabezudos, lo que fuera un núcleo de población estable hasta los años 80, en el término municipal de Almonte, en la actualidad despoblado y abandonado, está desapareciendo poco a poco, cada invierno se acerca con rapidez a su fin, como ya lo hicieron El Abalario, Bodegones y La Mediana.

Podemos encontrar su origen en la Compañía Forestal de Villarejo (N. V. Handelmeatsh, de Ámsterdam) fundada por la familia holandesa Burger, que comenzó a explotar forestalmente el lugar en torno a los años 20 hasta que tras la guerra civil les invitaron “amablemente” a vender sus fincas al Patrimonio Forestal.



Desde los años 40 hasta su despoblamiento en los 80 del pasado siglo XX, el poblado fue modelo y ejemplo para los demás, contaba con colegio -uno viejo y otro nuevo que no se llegó a estrenar-, cantina, consultorio médico, un pequeño casino, y un comercio de ultramarinos; en suma todos los servicios esenciales para atender a una población asentada y dedicada a las labores forestales de la explotación del eucalipto.

Las casas de los trabajadores a duras penas resisten con sus tejados destrozados; la casa grande, que fue la residencia del ingeniero jefe de la explotación, y en la que en alguna ocasión pernoctó la Reina Sofía junto a las infantas en una de sus visitas a El Rocío, ha sido invadida por la maleza. La iglesia ha quedado sin puerta y sin rejas por los actos de expolio y pillaje, con su espadaña altiva en la que se ha instalado una familia de cigüeñas, todavía en su fachada un relieve en terracota del Arcángel San Miguel, es testigo del abandono y decadencia que sufre el poblado forestal, también lo fue en su día de la actividad de sus pobladores que desarrollaron sus vidas en este espacio, con sus penas y sus alegrías, sus gozos y sus sombras, sus ilusiones e inquietudes.



Mucho tiempo ha pasado desde que el 24 de abril de 1954, el obispo Cantero Cuadrado bendijera e inaugurara esta iglesia bajo la advocación de Nuestra Señora de Fátima, en la recién creada Diócesis de Huelva; no hace tanto que el ayuntamiento de Almonte la utilizara como almacén donde guardar los arcos de papel con los que se adornan las calles en los traslados de la Virgen del Rocio. Actualmente se encuentra llena de latas vacías de bebidas y bolsas de basura, se deteriora poco a poco, aunque parece resistirse a la ruina.

Este micromundo se desvanece cada año por dos tiempos, el inexorable cronológico y el implacable meteorológico que cada invierno descarga su furia sobre él, pero la mayor causa de su desaparición es el abandono humano, la desidia de todos los que hemos permitido que todo esto se pierda, y deberíamos hacer algo ya, porque es parte de nuestra historia y nuestro patrimonio, antes de que sea demasiado tarde.