La historia se repite

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imagenBenito de la Morena. Hoy me proponía hablar de “cambios”, y dudé sobre si debía orientar mi artículo a la especial situación política de mi país, o sobre ”cambios climáticos”, pero tras razonarlo con mi esposa, me he decidido adentrarme en la reciente historia que ha conllevado intentos de cambios de matiz socio-económico-ambiental para el planeta, porque hablar de la ambición personalizada de esos líderes de “papel mojado” que quieren dirigir mi destino, es algo que se me antoja superfluo, si no fuera porque mueven el dinero de mis impuestos y pueden arruinar las aspiraciones de tantos jóvenes que dependen de un sueldo no funcionarial.

Prefiero recordar que fue en la (ONU), en el año 1983, donde se gestó el “Informe Brundtland”, una señora noruega, Gro Harlem Brundtland, que en 1987 acuñó por primera vez el concepto de “desarrollo sostenible”, aquel tipo de desarrollo económico y social que permite satisfacer las necesidades actuales sin poner en peligro la capacidad de las generaciones futuras, para satisfacer las suyas. ¡Ay! si esto se aplicara correctamente en la sociedad actual, no habría tanto paro, ni crispación.



El informe incidía en que “había que satisfacer las necesidades de los más pobres”, pues la biosfera no puede sustentar eternamente a una población de siete mil millones de seres humanos que requieren agua, suelo y alimentos… Fueron unas declaraciones de buenas intenciones, que se refrendaron con la firma de los Jefes de Estado de todos los países asistentes a la Conferencia, sobre Medio Ambiente y Desarrollo, que tuvo lugar en Chuma el 22 de diciembre 1989.

La experiencia ha demostrado que el desarrollo sostenible exige el estímulo de unas políticas económicas conducentes al desarrollo sostenible y que ello requiere el que todos los países coincidan en la planificación y buena utilización de los recursos disponibles, facilitando un clima económico internacional seguro que permita estabilidad monetaria, reducción del déficit fiscal, control de la inflación, aumento de la capacidad de ajuste de la economía de cada país, la estabilidad en los precios y el equilibrio de la balanza de pagos. Es decir, la elaboración de políticas económicas que permitan asignar recursos con eficacia y estimular al sector privado, motor real a través del cual se debe fomentar la actividad empresarial que genere empleo y riqueza.



Pues bien, bajo éste tipo de premisas de matiz fundamentalmente económico, fue convocada la llamada “Cumbre de la Tierra” que, auspiciada nuevamente por la ONU, congregó en Río de Janeiro, el 14 de junio 1992, a ciento sesenta países para celebrar la “Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y Desarrollo”.

De ésta Conferencia nacieron documentos y convenio básicos, que parece estar siendo considerados al día de hoy, como son el Convenio sobre “Cambio Climático”, Convenio sobre “Diversidad Biológica”, la idea del concepto del medio ambiente como “Patrimonio Común de la Humanidad”, y el Programa 21 que establece la reorientación de la educación hacia el desarrollo sostenible y la toma de conciencia ciudadana que fueron los prolegómenos de las Agendas Locales 21 que están en vigor en numerosos Ayuntamientos españoles.



El documento final de “Río 92” fue firmado por los representantes de los ciento sesenta países y, aún hoy, veinticuatros años después, no se han puesto las soluciones, pero sí se han cumplido las “profecías” de mortandad y miseria que se anunciaron para los países en vías de desarrollo.

Diez años después, se celebró en Johannesburgo, del 26 de agosto al 4 de septiembre 2002, otra “gran cumbre mundial” sobre el desarrollo sostenible, ante las previsiones del Fondo de Población de las Naciones Unidas (FNUAP) que, en un informe emitido el 7 noviembre del 2001, indicaba que para el año 2050 la población del mundo alcanzaría la cifra de nueve mil millones de personas, es decir, un incremento de setenta y cinco millones de personas por año, lo que supondría un total de cuatro mil doscientos millones de personas que tendrían que sobrevivir en países que no podrían atender las necesidades más básicas de la población,

La Cumbre de Johannesburgo se convertía en la “expectativa”, como también lo fueron Estocolmo o Río, pero la cruda realidad es que tampoco lo consiguió y quizás sea esta una de las consecuencias inmediatas de esta inmigración descontrolada que estamos viviendo y que tanto asusta a las sociedades acomodadas de nuestro planeta.

El protocolo de Kioto, que fue inicialmente adoptado el 11 de diciembre de 1997, no entró en vigor hasta el 16 de febrero de 2005, y hasta noviembre de 2009, doce años después, los 187 estados no lo ratificaron. Este Protocolo de Kyoto, pretendía conseguir que entre el periodo 2008 al 2012, los países firmantes redujeran sus emisiones de dióxido de carbono hasta un 15% por encima de los niveles que hubieran estado produciendo en el año 1990. Kofi Annan, Secretario General de las Naciones Unidas en aquella época, llegó a indicar que el “medio ambiente y desarrollo sostenible están intrínsecamente unidos”.

Sucesivos fracasos de entendimiento entre los gobernantes de los países del planeta, nos han hecho peregrinar por la Cumbre de Cancún, diciembre 2010, Durban, diciembre 2011, Qatar diciembre 2012, Varsovia 2013 y hace pocos días, el 12 diciembre 2015, coincidiendo con “El Día de la Tierra”, la Cumbre del Clima en Paris, en la que 195 países, incluyendo a EEUU y con limitaciones India y China,  adoptaron el primer acuerdo global para evitar que el planeta no se caliente más de 2ºC respecto a los niveles preindustriales.

¿Volveremos a experimentar las emociones de Kyoto? ¡Habrá que esperar!, pero me parece que pasará algo parecido al cambio político en nuestro país tras las próximas elecciones, es decir, que no habrá acuerdo pues cada uno mirara hacia sus propios interés, sin tener en cuenta el problema global.