La venta ambulante de leche en la Huelva del siglo XIX e inicios del XX

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 Años cuarenta del siglo pasado: Un rebaño de ovejas, al cuido de su pastor, se dirige desde el Conquero al centro de la ciudad ante los ojos atónitos de varios transeúntes que se han aventurado por aquellos lares
Años cuarenta del siglo pasado: Un rebaño de ovejas, al cuido de su pastor, se dirige desde el Conquero al centro de la ciudad ante los ojos atónitos de varios transeúntes que se han aventurado por aquellos lares.

Antonio José Martínez Navarro. Según nuestras percepciones recogidas en el diario onubense “La Provincia”, las calles onubenses por las mañanas estaban casi desiertas si prescindimos de los diversos carros panaderos que venden el producto a su clientela, otros que trasladan pescado de la Pescadería de la Calzada al Mercado del Carmen y hortalizas al mismo lugar, el buen señor chispado que se ha tirado toda la noche en algún café cantante y prosigue la juega, la antigua mujer, de luto riguroso, que dirige sus pasos al Mercado del Carmen o al del Paseo de Santa Fe, diversos estibadores que van a realizar su faena o algún marinero que va hacia el puerto ya que sale su barco de vela.

Horas más tarde alegrarían las calles onubenses el vocerío de los pregones que vendían ambulantemente mil y un artículos (el vendedor de pescado, de mariscos, higos chumbos, botijos de barro, claveles, los frutos de las huertas…).
Los primeros síntomas de actividad de los vendedores ambulantes de leche suelen ir acompañados de los cencerros de las cabras, vacas y burras de leche. Un joven pícaro que duerme en una de las casas cercanas al Matadero perneo, ve perturbado su sueño al pasar el rebaño de cabras ante él, tan próximas que da la impresión de que puede resultar herido. El vaquero va detrás, teniendo en su mano la vara que le sirve para dominar el grupo. A lo largo del siglo XIX e inicios de la centuria siguiente las ordenanzas municipales advierten a los vendedores de leche a domicilio, entre otras cosas, que no golpeen con fuerza las puertas ni provoquen ruidos que puedan incomodar a los vecinos por la mañana.

Otro aspecto polémico de la venta de leche por las calles es el higiénico. Así, en junio de 1855, el Alcalde de Huelva manda fijar un bando en el que daba algunas instrucciones alusivas a medidas higiénicas. La leche, vendida ambulantemente y sin control sanitario, debió producir algunos trastornos a los ciudadanos onubenses, de ahí que la Junta Provincial de Sanidad le remitiera el siguiente escrito al alcalde (Oficios y Minutas de 1855):



<<La Junta Provincial de Sanidad con fecha de hoy dice lo que sigue: “Enterada esta Junta de sesión celebrada en el día de hoy del bando mandado publicar por el Sr. Alcalde de esta capital relativo a las medidas higiénicas que han de llevarse a debido cumplimiento para sostener un estado de salubridad tal que inspirando confianza al vecindario guarde armonía con los principios de la ciencia médica, no ha podido menos que aprobarlos en un todo, adicionando solamente la prohibición de la venta de la leche por considerar actualmente a dicho alimento capaz de perjudicar la salud. Dios… Huelva, junio 26 de 1855. Juan Montemayor…>>.

Existía, a lo largo de los siglos, la costumbre en nuestra capital de que la leche que traían de los diversos pueblos cercanos viniese en pieles de ganado cabrío. Esta costumbre, antihigiénica, pasó desapercibida a los diversos políticos que rigieron nuestra capital hasta que Antonio de Tellechea, Subdelegado de la Comisión Médica lo advirtió y, para prohibir tales “vasijas” le escribía al médico Diego Cisneros el siguiente escrito (Legajo, número 228 del A. M. H.):

<< La antigua y pericial costumbre de traer la leche que se destina al abastecimiento de esta capital en pieles de ganado cabrío curtidas, no ha podido menos de llamar mi atención desde el momento en que tomé posesión del honroso cargo que hoy ejerzo. Efectivamente, poco conocedor es preciso ser del ganado y de las pieles cuando éstas sirven de envase a la leche, pero desde luego comprendo que ese sistema puede influir muy dañadamente sobre la salud pública, porque dicho ganado es muy propenso a enfermedades cutáneas de muy mala especie hasta el punto que sólo el contacto de la piel de esos animales atacados de esas enfermedades que les son tan comunes, como son la epidermis del hombre, puede producirle la muerte con repetidos hechos así lo acreditan. Además, para aclarar las pieles se usa del tanino o materia atiente, que necesariamente al desprenderse de la piel con la humedad de la leche, modifica los principios de aquellas haciéndolas perjudiciales.
Otra circunstancia también, cual es la del aseo, no debe perderse de vista, porque me consta que muchas personas dejan de alimentarse de dicha sustancia, a despecho de los preceptos del facultativo, por sólo la repugnancia que le inspira la piel en que viene.
En consideración a lo dicho, y antes de adoptar una determinación sobre el particular, le dirijo a Vd. la presente, a fin de que me manifieste si efectivamente, como yo creo, el hecho de que venga le leche en las citadas pieles puede influir dañosamente sobre la salud del vecindario, y en caso afirmativo, la clase de envase con que deberán sustituirse los actuales.
Me lisonjea que con la posible brevedad se servirá Vd. dirigirme su informe sobre el particular, objeto de esta comunicación. Dios…Huelva, 19 de marzo de 1857. Antonio de Tellechea…>>.

Las autoridades también debían poner exquisito cuidado para asegurarse de que las vacas o cabras no estuvieran enfermas. Para superar esta exigencia se les exigía a estos vendedores ambulantes un permiso o certificado que debía expedir la Comisión de Abastos.
Para suministrar leche a los vecinos de Huelva y en venta ambulante, eran varios los industriales que llegaban del vecino pueblo de Gibraleón (“La Provincia” del 6 de marzo de 1911):

<<Ayer mañana fue víctima de un hurto en la calle Carmen el vendedor de leche Sebastián Medel Medina.
Dicho individuo vino de Gibraleón como de costumbre a ejercer su industria…>>.

En la sesión municipal del 15 de abril de 1916 se daba cuenta de un truco que empleaban los vendedores ambulantes de leche:

<<…El Sr. Martínez Cáceres dijo que según sus noticias los vendedores de leche traen dicho artículo en cántaros grandes trasladándolos a otros más pequeños para su venta para que en el caso de ser decomisada no lo sea del total de la mercancía, por lo que solicitó se adopten las oportunas medidas para evitar esto lo cual a su juicio constituye un abuso…>>.

Vendedores ambulantes eran también los que llevaban el rebaño y vendía la leche por poca cantidad. En ocasiones, las llevaban en los cántaros adulteradas, como se denunciaba en la sesión municipal del 16 de junio de 1918:

<<…El Sr. Silván interesó de la Alcaldía que se ejerza la mayor vigilancia con los vendedores de la leche denunciándose a los que la llevan adulteradas o mezcladas con agua…>>.

Requisito imprescindible tras la compra de la leche que ofrecían estos vendedores ambulantes es que se hirviera la misma.  En los tiempos presentes la cosa más sencilla es disponer de la leche envasada que se precise y que reúne todos los requisitos higiénicos que la ciencia ha ido asimilando. En este caso no podemos darle valor a la frase enésimamente repetida de que “Cualquier tiempo fue mejor”.

1 Comentario

  1. Interesante relato del cual nos hacemos idea de los usos y costumbres que por aquellos ya lejanos años regulaban la distribución de la tan apreciada leche, ya fuera de cabra, oveja o vaca. Los odres que fueron historia de ese tipo de suministro y comercio, perduraron como modo de transporte para otros productos de consumo humano, como es la diferente variedad de vinos, pues según tengo entendido, estos odres iban recubiertos interiormente con un producto denominado “pez”, al igual que las clásicas botas para vino tan usadas en Pamplona por los Sanfermines.

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