Los casinos: Pasado, presente y futuro (I)

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El juego en los pórticos. / Foto de Arteguías.com

Salomé de Miguel.

Juegos en los salones.
Juegos en los salones.

Los casinos son entidades privadas, sociales y locales del XIX en su segunda mitad, ese siglo de increíbles avances en lo social. Pero tienen también un carácter eminentemente cultural, acompañando así a asociaciones como los ateneos, las sociedades profesionales, los lugares de encuentros literarios, las ágoras griegas, las plazuelas romanas, …



Pero no surgieron de pronto, sino que son el resultado lógico de una evolución social. Un poco de memoria histórica, nos lleva a  reflexiones que facilitarán conclusiones y relaciones. De la mano del auge de esa burguesía que se desarrolló y de esa clase media que salió a la calle.

Dos aspiraciones hay en el hombre, desde que el mundo es mundo. Dos aspiraciones, que han compartido horas con las tareas obligatorias de la subsistencia, sea cual sea la época a la que nos traslademos:



  • Las relaciones, concretadas en los actos de estar, charlar y beber.
  • La competición, definida por el juego.

Relaciones, porque, al igual que otras especies, los hombres son y han sido esencialmente seres que las necesitan, como recurso de vida y como protección.

Competición, porque los hombres son y han sido siempre animales competitivos. Se trata de pugnar, aunque sea de manera y forma pacífica, pero competir para ganar. Es algo que forma parte de la carga genética de los hombres. Y no es precisamente malo.



Tablero de juego de mesa.
Tablero de juego de mesa.

En todas las épocas, estas tentaciones de la naturaleza humana han existido con el mismo protagonismo. Desde el primer africano que “emigró” al mundo, ha sido así.

Desde siempre. Egipto y Mesopotamia, Grecia y Roma, la España cortesana y la Francia revolucionaria, han sido lugares en los que se desarrolló de manera ya documentada, una cultura del ocio y las relaciones, que podemos considerar como semejante a la actual en sus principios, aunque las formas hayan incorporado elementos nuevos.

Se sigue jugando como antes, incluso con los mismos juegos de antaño. Se sigue buscando el encuentro, con las mismas inquietudes de hace siglos. La Edad Media es un escaparate atractivo y documentado de esta realidad social.

El juego en los pórticos. / Foto de Arteguías.com
El juego en los pórticos. / Foto de Arteguías.com

Basten como ejemplos los pórticos de las iglesias románicas de nuestra Castilla, la que antes era “La Vieja”, donde los canteros dejaron grabados en los poyetes “tableros” para juegos de mesa. Porque los pórticos eran el sitio cubierto y público en el que se podía dar cobijo al ocio, tanto en verano como en los fríos.

Baste también con darse un paseo por los mentideros del Madrid de hace doscientos años y ver en grabados de la época, que el encuentro era buscado por todos, en lugares tácitamente acordados.

Y en esas estamos, cuando se nos viene encima ese siglo magnífico, el XIX, que, en su segunda mitad, conoció un desarrollo social nunca imaginado, que permitió que los hombres abandonaran plazas, tabernas, ventas y palacios, para crear sus propios espacios de ocio.

Poco a poco, según los “posibles” de cada cual, grupos de amigos con necesidades de ocio compartidas, crearon espacios propios en los que tener discretamente actividades, que hasta ahora desarrollaban en espacios públicos o privados personales, pero sin la protección de miradas indiscretas.

Y la luz se hizo. Un lugar nuestro, en el que podamos hacer tratos sin testigos, jugar una partida sin envidias y beber un vino sin comentarios maliciosos. Y, los “pudientes”, que eran los que “podían” económica y culturalmente, se hicieron con la propiedad de casas con ventanas que podían cerrar y abrir a su antojo. Y lo llamaron “casino” siguiendo la costumbre italiana de muchos años antes.

Nacen los casinos, porque los cambios sociales permitieron que las fortunas fueran más numerosas y la crítica social estrechara los cercos a prácticas no siempre bien vistas.

Los amigos con posibles se juntaron, porque era incómodo estar en boca de la gente, cuando la buena sociedad dedicaba su ocio a lo que no era posible para otros.

Tras la cortina de un ocio basado en estar, charlar y jugar, estos lugares incorporaron aspectos culturales a este tiempo de asueto.

Piano viejo, que un día tocó el sochantre.
Piano viejo, que un día tocó el sochantre.

Y para entender el término “cultura”, nada mejor que repasar un listado de actividades sociales que entran en este apartado: Tertulias casineras, bailes de efemérides, charlas del erudito local, música con orquestas venidas de la capital o de Riotinto, actuaciones de un cantaor de fandangos que vive cerca, concierto de piano a cargo del sochantre de la iglesia, teatro a cargo del grupo cultural de Aracena,…

Todo eso es cultura. Y más cosas surgidas del hombre, como aportación a lo que el entorno natural nos ofrece para vivir. Y los casinos supieron aceptar la oferta cultural que enriquecía sus pecados casineros, porque así era más atractivo el salón.

Todo un mundo de actividades culturales, que llenaron los salones de estos nuevos espacios de ocio y que servían de contrapunto modesto a los grandes acontecimientos de ateneos, asociaciones y teatros.

Guitarrista recordado en el salón en el que tocaba.
Guitarrista recordado en el salón en el que tocaba.

Los socios de los casinos, cogieron el testigo cultural, al que acompañaron con los tres pecados casineros: Charlar, beber y jugar,  las tres grandes y fundamentales tendencias sociales del hombre, con las que se satisfacen los afanes de relacionarse y competir. Era el fundamento y el origen de los casinos. A su lado, para aprovechar, los tratos comerciales y ganaderos se abrieron un pequeño hueco.

Pero esa era la diferencia entre casinos y otras entidades culturales. En el casino, el fundamento era claro: El ocio en forma de la charla, el vaso y la partida. Y, a su sombra, la cultura se abre camino para completar las apetencias de unos socios en origen “pudientes”, económica y culturalmente. Son las dos caras de una misma alma:

  • En los casinos se produce la más perfecta simbiosis de las dos tendencias naturales en el hombre: Relaciones y competición. Si no las hay, los hombres se aburren.
  • Los casinos se convirtieron así en fuentes de cultura en la 2ª mitad del siglo XIX y la 1ª del XX.

Así, los casinos nacen cuando les toca: Cuando la sociedad está suficientemente desarrollada como para tener una clase media “emergente” (Como se dice ahora) y una clase “pudiente” (La burguesía) que quiere imitar a los de alcurnia superior, con unos espacios atractivos, comunes y privados. Como buscando su exclusividad, en un mundo en el que esto estaba reservado a las altas esferas.

Los casinos nacen con una finalidad muy claramente definida desde el origen: Satisfacer el tiempo de asueto de los hombres, con ofertas que supongan placer. Es decir, relaciones, competición y cultura.

Y así, hasta llegar a unos hechos transcendentales, allá por los medios del siglo XX, que transformaron la sociedad desde sus cimientos, zancadilleó a la tradición y llenó el escaparate de ofertas imposibles de rechazar. Aunque fueran pecados más graves y peligrosos que los casineros. Pero los hombres en eso de pecar no escatiman.

En la memoria de los casinos quedaron grabados hechos que son su línea genética, el fundamento de su nacimiento:

  • Un origen en el XIX, cuando la sociedad española alcanzó la orilla de cambios profundos, que permitieron asumir retos nuevos para el ocio.
  • Un alma pecadora, que apostaba por tres transgresiones importantes, pero no agresivas: Jugar, charlar y beber.
  • Un concubinato consentido, con una señora atractiva y motivadora: La Cultura.

Y con una característica, que fue su personalidad nunca imitada: Grupo social heterogéneo, sin afanes ideológicos en los salones y representante de todos los estamentos locales. Salvo en los casinos mineros, que son peculiares en este aspecto. Pero sólo en éste. En los demás, comparten la línea argumental de unos genes hermanos.

El nacimiento de los casinos no fue un hecho casual. A lo largo de mucho más de veinte siglos, los hombres han recorrido un proceso lento de evolución, hasta que la revolución Industrial (Las dos) posibilitaron cambios sociales que fueron el caldo de cultivo adecuado para que existieran este tipo de asociaciones.

Y entre todas las asociaciones nacidas y desarrolladas a lo largo de este siglo XIX, los casinos son los que recogen las inquietudes de ocio de todos los sectores, de todas las clases, de todas las ideologías y de todas las creencias.

Quede claro: Los casinos son el hecho social más complejo y completo, más rico y popular, de cuantas asociaciones son y han sido en nuestros pueblos.

Durante un siglo, casinos de todo tipo han regado la provincia de Huelva de un ocio semejante, variado, rico y gratificante. Hasta que el siglo XX, el de la gran frontera histórica, se hace dueño de toda clase de sociedades, las que han tenido edad media y las que no.

Pero eso es tema de otro sábado.

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