(Las imágenes y el texto de este artículo, no corresponden a los contenidos del libro «Casinos de Huelva»)

Miguel Mojarro.
En la pared de nuestro estudio está enmarcado el nombramiento de «Socios de Honor» del Círculo Cultural y Recreativo de Beas. Por eso, cada viaje al Sur, se reserva un hueco en la ruta para disfrutar de un paseo por Beas, una charla con los amigos y un café en su agradable salón.
Desde 1904, el Círculo Cultural y Recreativo pone en Beas la nota de sosiego y convivencia que caracteriza a los grandes enclaves de la llanura onubense. La convivencia está garantizada por el talante de los beasinos, dados a la generosa relación que he podido comprobar cuantas veces he estado en sus calles de color agrícola. El sosiego, me ha cautivado desde que di mis primeros paseos por el caserío en loma, siempre hacia su torre y siempre entre sonidos bien templados.
En este pueblo, nuestro entre los nuestros, hay un Casino que en nuestro libro «Casinos de Huelva» pusimos bajo la advocación de la hospitalidad. Fue nuestra primera impresión y nuestra confirmada convicción. Hospitalidad en sus calles, en sus sitios públicos y en los salones de su Casino, sencillo, acogedor y bonito. Como deben ser los casinos. Que para eso los socios lo han elegido como lugar para estar y convivir. No siempre se logra este objetivo, pero aquí es un hecho.
Ciento once años de vida como sociedad casinera, presidiendo plaza y controlando ajetreo local, hacen de esta institución un lugar con personalidad propia en Beas y como depositario de la memoria histórica, porque en los casinos está la mejor información de nuestro patrimonio social. Hay cosas que están escritas en las actas notariales, en los registros municipales y en los libros eclesiásticos. Pero los hechos cotidianos, las costumbres, las relaciones y los acontecimientos, solamente se escriben en los ojos y los oídos de los socios del Casino, que reciben la realidad que ha pasado a su lado a lo largo de tantos años. Y en sus memorias queda la reseña durante toda su vida.
Algunos de estos socios, sentados ante una mesa del salón, me han contado trazos de la vida de este Casino, que puede presumir de mantener el estilo de la Beas de siempre, cercana y local, con las mismas calles adornadas de bellas fachadas, como hace un siglo, cuando en el pueblo había solamente una radio, la del Casino, que servía de compañía a los habituales.
Tengo un amigo, Lucio, con varios amores «vivos»: Los coches, los lugares con sabor local y el Casino. Y en él terminamos siempre, tras haber «visitado» algunos de los lugares que el patrimonio de Beas tiene como valores propios. Calles y casas, bares y tiendas, plaza y torre gemela de la de Trigueros y hermana de otra preciosa que hay en Triana. Con ese ocre suave que la viste de alegría sureña.

En nuestro libro mencionado más arriba, decíamos en referencia a esta Plaza de España: «… donde Iglesia, Ayuntamiento y Casino, se definen como alma, vida y ocio de Beas». Porque Beas es una colina adornada con fachadas de ensueño, que encamina siempre hasta esa cumbre marcada por la torre. Con permiso de San Bartolomé, que para eso es vecino del Casino y no sé si en algún momento llegó a ser socio. Porque el Señor Cura sí lo es, por designación, que consta en estatutos, con la categoría de «Honor».
Este Casino es muestra de lo que en otros muchos lugares ha sucedido, en los avatares de los primeros tiempos de su existencia. No siempre hay coincidencia entre la fecha de origen y la de inscripción en las entidades preceptivas. Desde aquella primera acta de 1904 con la constitución de la Sociedad de Labradores de Beas, ha habido varias fechas que han sido hitos en la vida de este Casino. Un grupo de personas importantes del pueblo, son los causantes. Entre ellos, dos maestros, que siempre han sido parte importante de la vida casinera, en todas las localidades.
Por aquel entonces, Don Diego Sayago Bando mandó construir el edificio donde después se instaló la Sociedad llamada vulgarmente «Casino Grande», para diferenciarlo de aquel otro «Casino Chico», que ocupaba el lugar de «Casino de los Pobres», como era normal en muchas localidades de Huelva.
De entonces es un libro de actas, escrito en «papel de barba» y guardado en forma de legajo atado con «guita», de la manera habitual entonces. Y un nombre de entonces: «Sociedad de Labradores de Beas».
En 1927 se da cumplimiento a lo previsto en la Ley de Asociaciones, que para eso era preceptivo. Se legaliza en el domicilio actual, por entonces Plaza de Alfonso XIII, con el nombre de Circulo de Labradores y Propietarios.
Ya en 1945, se reanuda la actividad casinera, interrumpida durante la guerra aquella, con la refundación de la sociedad como Circulo Cultural y Recreativo.
Y en estas estamos mi amigo Lucio y yo, cuando aparece Marcelo, mi compañero en las rutas casineras, acompañado de dos de sus amigos de antaño, Eduardo y Félix, con los que entra en el salón, a través del bar, que posee entrada propia e independiente desde la calle. Lucio y yo los seguimos y percibo un cambio desde nuestra anterior visita: Nuevas personas están al otro lado del mostrador con agradable sonrisa, que nos hace pensar que algún cambio ha habido en este lugar.
De momento, Marcelo, siempre fiel a su costumbre, pide manguara y café, que para eso viene de invitado. Y se adentra en el salón, para elegir su mesa preferida, cerca del viejo piano, que tantas veces fuera tocado por el sochantre de la iglesia en las fiestas del Casino.
– Aquí me sentaba siempre cuando venía con mis amigos a tomar algo, un rato antes de los bailes. Las sillas no son las mismas, pero el piano sí.

Es una mesa rodeada de sillas confortables, como pidiendo tertulianos a su alrededor. Con vistas a la plaza, como todos los salones que se precian. Los casinos son para estar dentro y para ver fuera.
Lucio y yo también entramos en el salón, pero ocupamos una mesa diferente a Marcelo y sus amigos, para dejarlos en ambiente adecuado para sus charlas y recuerdos. Pero el salón, a esta hora, está entero a nuestra disposición, pues los pocos socios que hay están enfrascados en una lid importante en la salita contigua. Las fichas del dominó son el único referente de su atención.
Y comentamos los últimos acontecimientos en el Casino y en Beas, que es uno de los atractivos que busco en mis visitas. Es gratificante escuchar la suave narración de los hechos, en un lugar donde la vida es suave, grata y de estética luminosa. Y Lucio me explica novedades casineras.
– Una intención de los socios actuales y su Directiva, es iniciar un proceso de digitalización documental.
Bien. Bravo. Esto evita la desaparición de originales, por pérdida, robo, deterioro o incendio, que han sido hechos desgraciadamente habituales en nuestro patrimonio casinero. Desde aquí, nuestro aplauso a la iniciativa, a pesar de que es tarea ingente y compleja, pero que habla muy bien de la mentalidad de los actuales dirigentes de la sociedad, sensibles a los valores de lo propio. Porque en muchos casinos su riqueza documental ha sido perdida, destruida o quemada, con lo que ello conlleva de borrado de la memoria propia. Es como si en nuestra familia se destruyeran fotos y documentos de nuestro pasado. Pero en los casinos es una culpa que debería escocernos a todos los socios. Por eso la iniciativa de la Directiva del Casino de Beas es sumamente interesante y esperanzadora. Y que cunda el ejemplo en otros casinos.
Los ecos de la mesa cercana, en la que Marcelo habla con sus amigos, llegan a nosotros y le prestamos atención por lo interesante de sus recuerdos. Comentan lo escrito en actas de hojas viejas en junio de 1936, en las que figuran testimonios magníficos del funcionamiento del Casino.
– … antes se cumplía el reglamento y se ponían sanciones a los que incumplían. Como aquella de dos pesetas por pintar en las paredes.
– O la de cinco pesetas por insultar a otro socio – Añade Eduardo.
– Si quitabas la radio en hora reglamentaria, dos pesetas que te clavaban – Completa Félix
– Y cuatro pesetas por escándalo o dos pesetas por tocar la pianola sin permiso – Termina Marcelo.
En sus ojos se percibe el placer del recuerdo de momentos vividos cuando eran socios jóvenes del Casino. Pero no son los hechos lo que entusiasma a los tres amigos. Aunque ellos no se percaten, es el recuerdo de su edad en aquellos momentos lo que genera entusiasmo. Siempre recordamos con afecto lo pasado, pero motivados por una edad que es la que realmente añoramos. También estos recuerdos son memoria viva de los casinos, que no están escritos en ningún libro de actas de la localidad.
En otros muchos casinos hay ejemplos de esta forma particular de reglar la vida interior, al margen de las leyes oficiales que rigen la sociedad general. Porque los casinos son una cosa aparte, diferente y con sentido de autonomía en su organización. Es mundo sometido a las reglas de la sociedad, pero con peculiares apreciaciones de los derechos y deberes dentro de nuestros límites. La calle es la calle, pero los salones son lo nuestro. Las leyes son obligadas, pero el reglamento casinero es deseado. Somos así. Y espero que sigamos siéndolo, pese a los avatares que se avecinan en este nuevo siglo.
Y siguen llegando a nuestros oídos los comentarios de los amigos de Marcelo, que lo informan de todo lo que ha acontecido desde que era asiduo visitante de la zona, con aquellas tareas relacionadas con los negocios de su padre entre Portugal y Sevilla.
– Esto está muy moderno ahora. – Dice Eduardo – En septiembre tienes que venir, porque hay una «Semana Cultural» y conviene que se entere la gente que vivís fuera.
Marcelo lo mira con cierto asombro, porque a él solamente le interesaban antes los bailes y lo que venía después. Félix completa la información:
– Pues ven en esas fechas y ya verás. Parece que el Casino apuesta por abrir puertas a la Cultura.
Y no es mala la intención de la Directiva, porque la Cultura es el camino. Y la Historia, que es de quien mama su presente. En un casino el pasado debe ser memoria que enriquezca, el presente hay que aprovecharlo para ser eficaz y el futuro debe ser ilusionante.
De momento, el Casino de Beas tiene el mérito de conservar el piano, ése que tantas tardes dio vida a los achuchones disimulados y legitimados. Un piano es elemento esencial de un casino, porque fue el atractivo que aglutinaba las apetencias de la sociedad casinera, cuando el ocio se limitaba a los recursos de entonces.

Sin discotecas, televisión ni coches, el tiempo de asueto tenía que aprovechar al máximo las posibilidades de la radio del Casino, la piñata en las fiestas, las partidas en salitas íntimas y las charlas con los amigos. Allá por la mitad del siglo XX, este piano antiguo era protagonista. De madera de caoba, hoy restaurado, era tocado en los bailes por el “sochantre”, junto a las orquestas venidas de la provincia, porque ponía las notas necesarias para que se pudiera bailar pegados. Que no eran tontos los mozos de la época. Ni ellas.
Mi Casino de Beas tiene su piano de siempre. No todos los casinos pueden decir lo mismo. Por eso aquí estamos orgullosos de haber sabido conservarlo, como si fuera ese familiar anciano al que todos respetan y que genera orgullo de estirpe. Estirpe de ocio que es Cultura y costumbres que son Patrimonio. Y, en el centro de tradición y memoria, el piano, rey de las fiestas y joya de los casinos.
Encuentro en la pared puesto ya el retrato del nuevo Rey Felipe, con lo que queda enterrada definitivamente la polémica sobre las preferencias de unos y otros respecto a los iconos que presiden el salón. Y noto también un cierto aire de limpieza mejorada en todos los aspectos. Y no puedo disimular el placer de ser Socio de Honor de un sitio así de pulcro y personal.

Pueblo agrícola y ganadero de toda la vida, nota ya los cambios sociales y económicos derivados de los nuevos recursos de comunicación y laborales del entorno de Huelva. Pero Beas conserva su personalidad abierta y sus hábitos de siempre. Por eso Lucio me lleva a «tomar la segunda» en una bodega, a orilla de la carretera, que acoge a los mismos parroquianos en sus mesas de siempre y sus paredes adornadas con cosas nuestras, de nuestro campo y de nuestra vida diaria. Es como un museo en el que tienen cabida cuantos objetos recuerden costumbres de siempre. Y me comenta mientras saboreamos un vino propio, porque aquí no hay que ir muy lejos para tener buen vino de la cosecha de uno mismo:
– Así deberían ser las ventas de antes, cuando los casinos no existían.
Efectivamente, en estas bodegas está el origen de nuestros casinos. Aquí se bebía, se jugaba y se charlaba con los amigos, antes y después de la faena. Hasta que a alguien se le ocurrió la feliz idea de tener casa propia para estos menesteres.
Estábamos en el siglo XIII cuando la entonces aldea de Beas se incluye en la jurisdicción de Niebla, esa cabeza histórica del Condado, desde la que se esparcen glorias y riquezas, pecados y maldades, por todos los caminos de la zona. Caminos y carreteras que se poblaron de ventas y lugares de encuentro y de ocio.
Enrique de Trastámara, Juan Alonso de Guzmán y el Condado, son nombres que están vinculados a la historia de Beas hasta el siglo XIX. Por entonces, con aquello del final del «Antiguo Régimen», Beas accede a su estatuto actual de municipio. Pero ya entonces la comarca estaba «mechada» de ventas y de relaciones comerciales en el cruce de esas dos rutas que son Sevilla a Huelva y el sur hacia el norte de la provincia.
Este cruce de caminos y de intereses comerciales y económicos, es el doble eje en el que se desarrolla una nueva cultura de las relaciones sociales. La cultura de los encuentros, de las transacciones y de los tratos. Pero, en el Sur, todas estas actividades se han acompañado de tres buenos consejeros: El encuentro, el juego y el vino. Como debe ser. Como Dios manda.
Y así surge Beas y su Casino. Callados y discretos, dejando el protagonismo a otros lugares de más enjundia y brillo, porque Beas se ha conformado siempre con estar donde está y ser como es.
Y arriba, en la colina, la torre de San Bartolomé, de «mirona» y como faro que indica el lugar al que llegar. Restaurada y bella, como dando respuesta altiva a los efectos del terremoto de Lisboa de 1755. En la plaza principal, con iglesia de dos puertas, la del Sol y de la Sombra, para que cada cual elija. Sobre todo las novias, que tienen la suya propia.
En la cumbre de la loma, porque allí está la Iglesia y el Ayuntamiento. Como en todas partes. Los dos poderes, juntos y vigilándose. Pero llevándose bien, que para eso se reparten las tareas. El Ayuntamiento, de traza atractiva y noble, porque para eso es el lugar de todos, sean cristianos o de otro pensamiento.
Pero para llegar allí, siempre lo hago por calles que motivan y adornan la visita de admiración y envidia. Porque subir a la Plaza debe hacerse con regodeo, degustando sabores que no siempre se encuentran en las calles de otras localidades. Y hacerlo dando vueltas por Cervantes, Clarines y San Sebastián, donde uno se sentaría en un poyete a gozar de algunas fachadas que quisiéramos hacer nuestras. Por lo bonitas y por armónicas, por lo que muestran y lo que sugieren en su interior. Pero tenemos que limitarnos a tener una envidia, de la mala, claro y seguir hacia nuestro destino de siempre que es la Plaza de España.
Allí, Iglesia y Ayuntamiento creen ser dueños del lugar y de la Historia. Pero no, es un error que conviene aclarar desde opiniones no interesadas. Junto a ellos, observando callado, el «Casino Grande», que en su discreción es el templo más deseado en cualquier pueblo: El del ocio.

Conviene sentarse antes un rato en la Plaza, admirar el entorno y el paisanaje y dar la espalda a Iglesia y Ayuntamiento para admirar la fachada bonita y presumida del Casino. Y adentrase en uno de los salones más acogedores de los casinos del Sur: El Círculo Cultural y Recreativo.
Nosotros siempre empezamos la visita a Beas por el Casino y terminamos en el mismo sitio. Porque aperitivo y postre deben ser lo mejor de los banquetes.
¿Ha quedado claro por qué estamos orgullosos de ser «Socios de Honor» del Casino de Beas?
(Los artículos de Azoteas tendrán una periodicidad mensual, en lugar de semanal. Saldrán el primer sábado de cada mes. Como en la liturgia).
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