Esa tristeza que entra

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Foto: Javier Losa
Foto: Javier Losa
Foto: Javier Losa

Ramón Llanes. Llegaron las carretas con crujidos de cansancios y cánticos rotos; llegaron los hombres a ocuparse de la próxima ida; llegaron las mujeres más bellas por el aire de la marisma; llegó la vida de nuevo a las ciudades que colgaron sus emblemas en una peregrinación exigida por la historia y animada en cada momento de cada año. El camino se acabó con el cierre de la última puerta y las tristezas estaban esperando la llegada prescrita para imponer sus estragos y sus quejas. El Rocío no termina, perdura como el sentimiento, permanece siempre intacto sin miedo al cambio de los modos, las normas o las ligerezas; es una manifestación popular enraizada desde la inmensidad de la fe para muchos y desde el compendio de los sueños o la diversión, para otros.

Entonar un adiós mueve siempre un músculo de dolencia, el corazón adquiere un pálpito ligero cuando la despedida no es deseada. Esa tristeza se engrandece en los momentos de mayor complacencia y se mete dentro con ganas de fumigar el orden; cuando el lunes descuelga su telón en la aldea, el ceño se muestra triste y acciona esa querencia a los recuerdos, esa sabia manera de recuperar el cordón umbilical con la estancia a base de mirar hacia abajo y comenzar a hacer las cuentas para el próximo camino. Los ecos de las últimas palabras aún en las sienes, las miradas encontradas, la posibilidad de vulneración a todo lo invisible, la capacidad de olvido sobre lo no cercano y puesto el anhelo en las vivencias con nueva gente, conocida en la fiesta; la estridencia del tamboril golpeando con afecto la prosa de la memoria. Un milímetro es suficiente para volverse atrás y reconstruir las creencias en esa paz fundada en asuntos de tanto regocijo. Ni la guitarra alegra, el sopor produce acritud en los pies y el andar es un castigo.

Una vuelta siempre genera otra esperanza, detrás de la longitud de los días se esconde la prontitud del pensamiento y la ubicuidad de los deseos. No termina el Rocío ni en el calendario ni en las estaciones ni en los espacios, continúa vigente, vivo, con la luz propia de su gratificación para retenerlo entre las más puras pasiones.

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