Hace días

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Ramón Llanes. Hace días que busco no sé qué foto antigua, guardada más en el recuerdo que en el álbum, donde me sostenía el estío vestido de enamorado por los entresijos libres de un tiempo ajeno a casi todo menos a libertad. En los primeros escarceos de aquellos amores que perdurarían y en la opiniones permitidas, jugábamos a hombres en el contenido de los debates y hablábamos, sin saber, de democracia y utopías.

Encontré muchas de las fotos pretendidas y fijé más atención en las formas que en los contenidos. Deduje de ellas los hitos de felicidad que la inercia de la juventud concedió; éramos un futuro en condiciones -por ponerle un elemento de cierta vanidad- que se fraguaba fuera de derechos, desconociendo los términos legales que podría imponer la lucha y éramos un manojo de griterío que empezaba a no ser manejable. Éramos también el primer conato de rebeldía, expresado en las formas de vestir, en el pelo largo y en las canciones; y éramos muchos, suficientes como para enterarnos de qué iba el mundo e intentar cambiarlo.

Las fotos de treinta años después, también encontradas en la caja de zapatos donde siempre se guardaron, ofrecían una simbología distinta. Aparecemos más en familia, menos con amigos; más acomodados, casi adaptados al sistema, con la convicción de haber conseguido logros importantes y sobre todo sin haber perdido esa culpa de idealización de la que fuimos sospechosos y condenados por nuestra propia sociedad.



Las fotos escondidas ya en el ordenador desde hace dos años hacía acá, ya no sustentan  los organigramas que fueron el fruto del trabajo joven para la posible modificación del sistema, ahora los gestos que observamos en esas muy recientes fotos desvelan impaciencia y desencanto, como para volver a constituir la asamblea y volver a iniciar el cambio. Y no me avergüenzo de haber buscado las dichosas fotos.

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