Los Casinos de Huelva

Azulejos (II). La herencia romana y árabe

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Moguer / Imagen de Fotoespacios.

(Las imágenes y el texto de este artículo, no corresponden a los contenidos del libro «Casinos de Huelva»)

 Miguel Mojarro.

Ayamonte. / Imagen de Fotoespacios
Ayamonte. / Imagen de Fotoespacios

En un país como el nuestro, de profundas y maravillosas raíces visigóticas, hay una raya (Además de la de Portugal), que divide el escaparate hispano en dos zonas, ambas con enjundia: La norte y oeste, de golosos parajes bordados de piedras y leyendas romanico-góticas, limitado al sur y al este por una sociedad trufada de ciencia, técnica y sabores romanos y árabes.

Los romanos dejaron sembrado nuestro sur y este de una profunda cultura funcional, inspirada en esa inigualable cultura griega que pintó el Mediterráneo de futuro. Los romanos dejaron una herencia de logros, recursos y calidad. No se olviden estas tres apreciaciones. Porque están inspirando el urbanismo, la estructura de los edificios y el sentido de la belleza como elemento de confort.

Los árabes «solamente» estuvieron ocho siglos en nuestro sur y este. Lo que no es poco, comparado con lo que llevamos nosotros tras su marcha. Bueno, la marcha de algunos de ellos, porque los mejores y más numerosos quedaron aquí para seguir desarrollando su ciencia, su estética y su lengua: Los mudéjares. Tampoco se dejen atrás estas tres valoraciones de su presencia en España, la más larga de nuestra historia como lugar de encuentro.



Un amigo mío, de Carmona, me decía un día mientras gozábamos de una «sentada» en la Plaza Redonda:

Jabugo. / Imagen de Fotoespacios.
Jabugo. / Imagen de Fotoespacios.

«España es como la carne mechada, lo que le da el sabor son las vetas romana y árabe. Y el cocinado lento de los siglos».



Le estructura de patios de la casa romana, su sentido de la funcionalidad y confort, es el germen de la posterior casa sevillana «bien». Aquí añadimos elementos mudéjares y de otro tipo, hasta lograr ese paradigma del placer que son los espacios arriba y abajo, para que el verano y el invierno tengan su momento de esplendor. Es la base de toda nuestra cultura arquitectónica en el Sur. En palacios y edificios oficiales, en casas nobles y en patios de vecindad, en los barrios judíos y en la popular Triana. Casas con el marchamo romano que las hace eficaces y adaptadas.

Paterna. / Imagen de Fotoespacios.
Paterna. / Imagen de Fotoespacios.

Y fuera, la organización urbana de calles bien trazadas, organizadas alrededor del cardo como eje de referencia. Pero con la variante pícara de la aportación árabe del aparente caos que busca el frescor y la cercanía. Siempre el sentido de confort de nuestros antepasados de la media luna.

Pero los árabes no tenían un sentido de confort aislado de otras consideraciones placenteras. Adornaban el pastel con guindas que tienen valor en sí mismas y se convierten en clave de esa aureola que rodea a la cultura árabe. El bienestar: Agua y azulejos.

Su gran aportación al confort y a la funcionalidad, ese «azulejo» que ocupó el lugar de otros medios de protección de la zona baja de las paredes. Pero en las casas bien, en los palacios y en los edificios de enjundia oficial. Las demás casas, seguíamos «limpiando» las partes bajas de las paredes con cal de Morón. Una vez al año, eso sí.

No hay casa con posibles en el Sur, ni palacio de gente noble, ni lugar de gestiones administrativas, que no tenga en sus patios y en sus aposentos una zona de metro y medio en la parte baja de las paredes, alicatada con azulejos. Azulejos hijos de aquellos alfareros que fabricaban y de los alarifes que colocaban, tal como aprendieron de nuestros antepasados de la media luna.

Con tres fines: Proteger la zona inferior de las paredes de roces y manchas que el uso cotidiano propicia, aislar humedades inevitables en esa parte de las paredes y adornar la casa con el mejor alarde de posición social. Son los tres padrinos de los azulejos. Por ellos existen y para ellos se colocan. La funcionalidad romana y a estética árabe.

Los casinos son el producto de un afán social de colectivos de socios, que construyen su sede para imitar en lo posible los recursos de los palacios y superar las deficiencias de nuestras casas «normales».

Y se logran, en mayor o menor medida, los elementos de confort, placer y postín que hay en las casas bien, que para eso son pudientes: Relojes de pared, cuadros y tapices, pianos, butacas cómodas para la tertulia, … y zócalos de azulejos.

Se convierten éstos en el principal elemento generador de atractivo social de los casinos. Y como éstos fueron, en su origen, obra de la clase social alta de cada localidad, pues el buen gusto que tenían por su relaciones sociales, se trasladó a las paredes del casino en forma de magníficos zócalos de los mejores azulejos del Sur.

Isla Cristina. El casino que fue. / Imagen de Fotoespacios plaza.
Isla Cristina. El casino que fue. / Imagen de Fotoespacios plaza.

Ya quedan pocos, pero excelentes y admirables. Son un grito permanente que clama por su conservación y protección. Son reliquia viva de una historia que mezcla valores romanos, árabes, mudéjares y castellanos, en ese admirable caleidoscopio de culturas que es el Sur. Si a nosotros nos concedieran el honor de elegir el paradigma de nuestra identidad sureña, pocas dudas tendríamos. Sobre la mesa, estarían los azulejos, en dura pugna con el fandango, los ríos de colores y el azahar.

Los azulejos en los zócalos son un ejemplo de cómo estética y funcionalidad son capaces de unirse al servicio de la cultura. Otros no son capaces.

Moguer / Imagen de Fotoespacios.
Moguer / Imagen de Fotoespacios.

Sé de socios que lo son por el placer de ir los primeros a su casino, sentarse en la butaca de leer la prensa y simular que se hace eso, mientras disfruta de la compañía, en solitario, de tanta belleza.

Sin los azulejos, existirían los casinos. Y serían magníficos y admirables. Verdaderas joyas antropológicas del Sur.

Pero un casino con  azulejos, es, además, motivo para levantar la cabeza con orgullo y distender los labios en la más placentera de las sonrisas.

Málaga, Granada, Manises, Toledo, … saben que la Historia se escribe con hechos y se adorna con azulejos. Y Triana, donde los barreros de los siglos XV y XVI crearon una tradición alfarera que Mensaque y otros usaron para vestir esquinas y conventos, portadas y salones, tejados y refectorios, patios y dormitorios, zaguanes y fuentes,….

Azulejos del Sur. De nuestro Sur. De nuestro Patrimonio.

 Equipo Azoteas
www.fotoespacios.com
www.azoteas.es

2 Comentarios

  1. Recuerdo que la casa de mi abuela, que era señora de abolengo, no tenía azulejos, pero las paredes estaban forradas hasta media altura de madera, bendita madera que protegió mi cabeza de algún que otro coscorrón de niño travieso. Pero fue al llegar a Huelva donde descubrí el azulejo que, a modo de zócalo alto, revestía las paredes de los edificios que tuvieron señorío y, de otros muchos otros también. Cresi, nuestra costurera, vivía hasta hace muy pocos meses en una casa al lado de la plaza de toros, en un edificio que ya ha sacado el billete para la “palera”, y en su amplio y acomodado interior dispone de una preciosa pared forrada de azulejos que podrían prestigiar a los caseríos de abolengo de Andalucía.
    ¿Qué pasa en esta querida tierra de Huelva en el que estas bellezas se dejan perder?. Lo de siempre, cuesta más mantenerlo que derribarlos y, con que quede una muestra para la historia, ya nos vale. Cosas del progreso y de la poca sensibilidad de nuestros munícipes. Quizás por ello los Casinos han ido desapareciendo y solo se mantienen aquellos que todavía tienen a sus fieles y viejos amigos.

  2. A veces resulta difícil rebatir opiniones de otros. A mi me suele pasar con mi amigo Benito de la Morena. Dice en su interesante aportación: Cosas del progreso y de la poca sensibilidad.
    Me rindo a esa realidad y me subo al tren de la demanda sensata de Benito: Reflexión inteligente ante nuestro patrimonio.
    Y gracias de nuevo, amigo Benito.

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