‘Cazando luciérnagas’, cine contemplativo

El volcán interior de emociones que se intuye bajo su epidermis es de primer nivel, pero un exceso de contención excesivo convierte el film en una cinta de gran belleza… pero inerte.

Fotograma de 'Cazando luciérnagas'.
Fotograma de ‘Cazando luciérnagas’.

Miguel Velasco Márquez. Roberto Flores nos trae con su nuevo film una rara avis dentro de una cinematografía propensa a tratar la violencia de una sociedad como es la colombiana. Lo hace a través de un cine despojado de artificios, donde la mirada adquiere un papel fundamental y los diálogos apenas sirven de mero subrayado argumental.

La historia nos cuenta la vida de Manrique, el encargado de vigilar una mina de sal abandonada en un lugar recóndito del Caribe colombiano. En este trabajo ha encontrado el pretexto para aislarse de un mundo que no le interesa. Sin embargo, la aparición insólita de una perra de raza a la que le gusta cazar luciérnagas en la oscuridad y la llegada inesperada de Valeria, una hija de 13 años de edad cuya existencia no conocía, le darán a este solitario hombre una oportunidad para recuperar la alegría de vivir.

Es este cine contemplativo sin paliativos con ecos de Kiarostami, donde el triángulo protagonista formado por el padre, la hija y el perro se ve completado por un cuarto personaje fundamental que los alimenta: el paisaje.




Un entorno que marca el tempo interior del protagonista, un hombre que ha mutado en un ser inanimado, en una pieza más del paisaje en el que se ve atrapado, cuyo único contacto con la sociedad es a través de un transmisor mediante el cual informa del parte diario (“Parte de total normalidad, ¿código por favor?”). La impasibilidad del protagonista se ve interrumpida con la llegada de su hija, encargada de devolverle vida y romper con la monotonía y el hastío de su vida.

No encontraremos explicaciones más allá de lo mostrado y/o sugerido en la cinta, ni ninguna concesión al pasado de la pareja protagonista más allá de una inofensiva conversación final y eso, lejos de acercar los personajes al espectador, distancia a estos seres de nosotros, consigue crear un muro en el que las emociones apenas fluyen y en donde las chispas de candor las regala a duras penas una maravillosa Valentina Abril, joven actriz cuya portentosa mirada resta frialdad a la cinta y consigue que el espectador empatice algo con lo que sucede en pantalla.

Marlon Moreno se enfrenta a un papel complicado, resolviéndolo con suma maestría. Consigue que intuyamos sus sentimientos a través de sus silencios y su mirada. Un auténtico triunfo.

Roberto Flores consigue una cinta reflexiva, de sutil belleza poética (quizás no veamos en todo el Festival de Cine Iberoamericano otro trabajo de fotografía tan brillante como el que muestra aquí Eduardo Ramírez), arriesgada e innovadora dentro del cine colombiano, pero quizás se ve devorada por su pretenciosidad. Y el problema es que, pese a su belleza formal, no logra emocionarme, no consigo empatizar con unos personajes acartonados y victimas de una perfección formal continua. Y es una pena, porque el volcán interior de emociones que se intuye bajo su epidermis es de primer nivel, pero un exceso de contención excesivo convierte el film en una cinta de gran belleza… pero inerte.

Ficha técnica
Película: Cazando luciérnagas. Dirección: Roberto Flores. País: Colombia. Año: 2013. Duración: 101 min. Género: drama. Interpretación: Marion Moreno y Valentina Abril. Producción: Roberto Flores y Diana Lowis. Fotografía: Eduardo Ramírez. Dirección artística: Sara Millán.








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