Pasiones de la tierra nuestra

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Ramón Llanes. Escribo porque abril se cerró con cantos en el más singular sitio del Cerro del Águila donde la Peña atrajo peregrinos, donde las gabachas subieron su ejercicio de tradición en estribos de eternidad. Y fue pasión de costumbres entendidas, vividas, sin consumirse por las horas ni los siglos, pasiones íntimas y pasiones colectivas. El caballo, como pasión; la liturgia, el orden, los mayordomos, la comida de pobres, todos los signos que han sorteado sin arañazos el paso de los tiempos son pasiones que presiden el insigne cortejo de los hombres que se desmenuzan de emociones ante un altar, ante una Virgen Peña a la que creen y a la que suplican en la ayuda; son pasiones el paisaje y la convivencia, el pendón y el manto, la subida y la llegada; es pasión saberse en un cielo egregio y libre de atmósfera funesta, es todo una pasión que realza, sin pretensión de altivez, el estado emocional de los humanos puebleños que se apuntan al nacer.

Escribo del ardor y de la suculencia que mayo trae para reforzar nuestras pasiones y enaltecernos las ganas de vivir, cuando se abre la promiscuidad primaveral de un Andévalo sencillo y comienzan las jamugueras de San Benito a lucir encantos y los lanzaores bailan folías y la comitiva se enciende en El Cerro para salir con estas pasiones a los campos y alcanzar premios o luces o quizá solo para ponerle rezos al santo y olvidar que abajo de aquella ermita es otra vida y recordar que siempre son pasiones, el caldo en su punto, el mulo en su fuerza, el prioste en su misión, el sonido del tamboril como banda sonora del aire, los cánticos en sus momentos de oración y la perpetuidad de las reglas del santo que son la disciplina que sostienen la ética de la Romería.

Escribo de estas pasiones de la tierra nuestra que tan cercanas inundan las cortes de nuestros deseos, imprimen calor y descubren la parte de admiración que llevamos para sitios así, para sorprendernos desde los ojos hasta las entretelas del alma. De todo esto escribo para ejercer de muñidor de El Andévalo y propagar sus excelencias, misterios, ritos, sentimientos y paisajes; y para pronunciar la penúltima convocatoria a la función de San Benito en los días cuatro a seis de este mayo suculento que en la ermita espera.



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