La Divina Pastora procesiona por Zalamea el día de la fundación de su hermandad

Después de tres años de gestiones la imagen de Sebastián Santos cuenta ya con una Hermandad propia que fue presentada ayer al pueblo de Zalamea.

La imagen llegó al pueblo de Zalamea en 1937.

José Miguel Jiménez. La Divina Pastora de Zalamea la Real cuenta ya con su propia Hermandad tras la misa fundacional realizada el pasado sábado. Un camino iniciado en 2014 con la creación de la Asociación Parroquial de Fieles y donde la entidad religiosa ha cumplido durante este tiempo con los trámites necesarios para convertirse en Hermandad.

Para tal evento, la imagen de la Divina Pastora fue trasladada la semana pasada desde su ermita en el Barrio Alto de Zalamea hasta la parroquia, donde se ha realizado un Tríduo y otra serie de actos como el rezo del Ángelus. Tras la misa fundacional, la imagen procesionó de vuelta a su ermita recorriendo varias calles de la localidad, con representación de hermandades de la localidad y otras venidas de diferentes poblaciones. El acompañamiento musical corrió a cargo de la Banda Don Justo Ruiz de Zalamea, que estrenó en la calle dos marchas procesionales dedicadas a la advocación pastoreña.
 
Se realizaron varias paradas entre lluvias de pétalos, coplas y sevillanas compuestas para la ocasión.
Es Zalamea uno de los primeros lugares en el mundo en venerar a la Divina Pastora, gracias a la cercanía de un fraile zalameño a los momentos fundacionales de esta devoción. La labor de darla a conocer fue concebida en Sevilla en el año 1703 en la mente de un sacerdote capuchino de gran devoción mariana conocido como Fray Isidoro de Sevilla. Éste le encargó un lienzo con tal representación al artista Alonso Miguel de Tovar de la Escuela pictórica sevillana y escribió la Pastora Coronada (Sevilla, 1705) en la que expuso su idea predicable de la Virgen en traje de pastora. El religioso Fray Miguel de Zalamea, muy cercano a Fray Isidoro, trajo la advocación de la Divina Pastora a Zalamea en 1766, colocándose una imagen en un camarín construido al efecto en la antigua ermita de San Sebastián. 



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