Resurrección

Morante resucitó en su divinidad y el joven David de Miranda en lo más humano y terrenal.

Paula Zorita. La palabra resurrección, en su sentido etimológico, viene del latín ‘resurrectio’ y fue creada exclusivamente a finales del siglo XIII para referirse a la vuelta a la vida de Jesucristo. A su vez la palabra ‘resurrectio’ significa, después de varias derivaciones latinas, de esas de las que nada aprendí en el colegio (porque no di clases de latín), ‘volver a levantarse’. Esa palabra, que en su significado más puro es un ‘renacer’, una ‘vuelta a la vida’ y un ‘nuevo soplo de viento’, parece que también se creó para describir la tarde vivida ayer en el Coso de la Merced. Morante resucitó en su divinidad y el joven David de Miranda en lo más humano y terrenal.

David de Miranda reapareció ante sus paisanos a quienes, todo hay que decirlo, les costó un poquito arrancar en un aplauso merecido por todo lo que el joven de Trigueros ha pasado después de la grave lesión de espalda que le ha mantenido apartado de los ruedos un año entero al término del paseíllo. De Miranda fue la resurrección humana, la del querer y poder, la del esfuerzo y recompensa. Volvía a vestirse de luces sintiendo todo lo que sólo él ha podido sentir durante este largo tiempo de convalecencia y volvía sabiendo que era su resurrección. Puso la plaza en pie ya con un ajustadísimo quite que recetó a su primer oponente en el centro del ruedo, con eso el público ya le dio el aire suficiente para resucitar toreando a un buen toro de Juan Pedro con mucha decisión hasta en el arrimón final, donde aguantó parones y con el que consiguió poner el broche de oro a una faena, desde la capa, de dos orejas. Las que cortó. Con su segundo no tuvo fortuna y aunque él estuvo dispuesto, no pudo con ese material redondear la tarde.

Lo de Morante fue otra cosa. Fue la resurrección divina, esa que se acerca más al significado etimológico, a ese que os contaba, el del siglo XIII. Los que le seguimos por las plazas bien sabemos a qué me refiero con esto, pero voy a intentar explicarlo. Confiábamos en que tenía que ‘volver a levantarse’, en que un toro tenía que colaborar para verle como lo hemos visto en Huelva. Morante, que nada pudo hacer con el inválido primero, toreó a la verónica a su segundo oponente de la manera más pura, bonita y torera que puede haber. Ligó los capotazos de una manera sutil, ganando terreno y llevándoselo a los medios para regalarnos una media verónica lenta y arrebatada. Lo que vino después fue la sorpresa. Morante banderilleó y se comprometió con un tercio que cerró en un par al quiebro ajustado cerca de las tablas. El público a esas alturas ya sabía que a poco que el toro colaborase en la franela del sevillano, su resurrección divina serían las dos orejas. Y así fue. Colaboró y Morante bordó el toreo. Y así, su resurrección.


Manzanares fue espectador de la resurrección terrenal y la divina. No pudo puntuar en una tarde en la que el primer todo de Juan Pedro se agotó pronto y del que si algo hay que destacar de la lidia fue que permitió a su cuadrilla lucirse con las banderillas (saludaron Suso y Luis Blázquez). El alicantino no terminó de acoplarse a su segundo y la faena no tomó el vuelo oportuno para poder acompañar en hombros a Morante y a David de Miranda.

Morante de la Puebla: silencio y dos orejas.


José María Manzanares: silencio y ovación tras aviso

David de Miranda: dos orejas y silencio

Galería gráfica de la tarde: 

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