XIII. Loterías, juegos de azar, juegos infantiles, barcos de juguete

En aquellos chicuelos yo veo ahora a los futuros pescadores, a los rudos marineros, a los trabajadores del mar y, a veces, a los héroes anónimos de la Marina española. Méndez Núñez, Hernández Pinzón, Churruca, también fueron niños como ellos.

Rafael Muñoz. 

(Publicado en La Provincia el 4 de junio de 1918, página 1,
por Agustín Moreno y Márquez)
 

 


Uno de los espacios más fotografiados de la Huelva romántica de fines del XIX.
Uno de los espacios más fotografiados de la Huelva romántica de fines del XIX.

Hemos procurado fotografiar a Huelva en la mitad del siglo pasado en todos sus aspectos, en el orden material, intelectual y religioso; pero todavía nos queda por decir algo en el concepto moral, presentándola en sus juegos, en sus gustos y en sus naturales inclinaciones. Comprendo lo difícil que es para mí tan árdua empresa, pues por mi edad, fuera de lo que se relacionaba con los espectáculos públicos, no podía estar bien enterado de nada de ello.

Sin embargo, sé perfectamente que aquí se jugaban dos clases de lotería; una que llamaban la antigua y otra la moderna ¿en qué consistía la primera? Mis ideas son algo confusas en este particular, pues únicamente recuerdo que a un tendero de la calle de la Botica, llamado Eustasio, le ví en las manos un billete que contenía cuatro o cinco números de una o dos cifras y que decía hablando con otro amigo o compañero: Yo juego al ambo. – Pues a mí replicó su interlocutor, me gusta más el terno.

De esto deduzco, que la lotería antigua tenía alguna semejanza con la de los cartones en que se hace ambo, terno, cuarta y lotería, debiendo tener quizás cada una de estas suertes diferentes premios. Lo que no sé es si los números de esos billetes eran propuestos por los jugadores y expedidos luego a estos por la Administración o si se vendían con las diferentes combinaciones oficiales dispuestas ya por el Gobierno.


La lotería moderna, que también empezaba a jugarse, debía ser la misma de ahora; un billete con un solo número dividido en varias partes y con el premio que le pueda corresponder en la suerte.

De los juegos de azar, si es que los había, no podría decir ni una palabra. Jamás he frecuentado esos garitos y menos en mis años juveniles, porque además de serme repugnante esa funesta pasión, tampoco lo podría haber hecho por mi falta de dinero. De otros entretenimientos lícitos, como el billar, el dominó, el ajedrez y las damas nunca pude entenderlos y menos en mi juventud en la que mi mayor afición era la lectura y el estudio de mis asignaturas de Maestro.

Entre los juegos infantiles debemos mencionar algunos que son peculiares únicamente de los puertos de mar. Los niños tienen muy desarrollados el instinto de imitación y sus juegos son remedos de lo que ven en sus casas o en la calle o de lo que vienen haciendo otras personas mayores. Por eso si hay tropa, juegan a los soldados, a los toros, si hay toreros; pero en Huelva los chiquillos del barrio y los de la Calzada tenían que jugar necesariamente a los barcos lo mismo entonces que ahora. Cuando bajaba la marea dejando gran cantidad de agua en las depresiones de los barridos, salían de sus casas, cada uno provisto de su nave, hecha generalmente de corcho y armado de falucho, místico o goleta y, con los pies descalzos, se metían en las aguas de esos pequeños mares haciéndolas navegar con las velas desplegadas y sopladas por el viento.

A veces hacían grandes regatas y disputaban y hasta reñían por creen cada cual, que la suya era la más velera. Esas diversiones de los niños siempre me fueron muy simpáticas que, imitando el oficio de sus padres, se alcanza honra y provecho.

En aquellos chicuelos yo veo ahora a los futuros pescadores, a los rudos marineros, a los trabajadores del mar y, a veces, a los héroes anónimos de la Marina española. Mendez Nuñez, Hernández Pinzón, Churruca, también fueron niños como ellos.



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