X. El Padre Joaquín y el Corpus de Aljaraque

Así terminó la función del Corpus en Aljaraque, dejando en mi memoria los gratos recuerdos del sol esplendoroso y de las peripecias que nos acaecieron en aquel hermoso día.

Rafael Muñoz. 

(Publicado en La Provincia el 24 de mayo de 1918, página 1,
por Agustín Moreno y Márquez)

 


Vista de Aljaraque.
Vista aérea del municipio de Aljaraque en la actualidad.

Como los frailes fueron exclaustrados un año antes de yo nacer, 29 de julio de 1837, conocí algunos de ellos en Linares y en Huelva, pero ninguno vestía el hábito de la orden, sino que todos usaban el traje eclesiástico, sombrero de canoa, alzacuello negro con filete blanco, sotana y mantel y en los pies media negra y zapatos de igual color, con hebillas de plata ó de metal.

En casa de mis padrinos se hallaba recogido uno, el padre Joaquín, de la orden de mercenarios, con quien convivíamos como si fuéramos una sola familia. El solía decir que no tenía más padre ni más madre que mis padrinos.

Era el padre Joaquín un hombre que representaba tener sobre 45 años, de estatura regular, más bien alto que bajo, enjuto de carnes, de frente espaciosa, algo calvo, correcto en sus formas y en su conversación, bastante instruido, pero por desgracia aficionado al aguardiente. Además era un excelente predicador.

Cuando el padre Joaquín predicaba á su excelsa patrona la Virgen de las Mercedes, dentro del que fue su templo, lo hacía con tanto entusiasmo y con tanta unción religiosa que conmovía á todos sus oyentes y muy en particular á los del sexo débil, á las señoras, á quienes muchas veces hacía llorar; pero lo más grande de su sermón era que casi lo improvisaba en el acto; todo él se hallaba contenido en una cuartilla ó poco más. Y digo esto porque yo le servía de amanuense y sólo apuntaba el tema, un punto del exordio, desarrollo de la proposición y la conclusión ó suplicatorio. El resto lo hacía el aguardiente; sin ese maldito líquido no se hallaba inspirado, no podía predicar; y esa era la causa porque mis padrinos le reñían con frecuencia y en ocasiones le amenazaban con echarlo á la calle, puesto que no querían tener un borracho que diera malos ejemplos á sus hijos.

Mas el padre Joaquín se echaba á llorar y prometía enmendarse; pero ¡que si quieres…! A los pocos días, vuelta á lo mismo; él no lo podía remediar.

Recuerdo que una víspera del Corpus me dijo: Agustín, ¿quieres venir mañana conmigo á Aljaraque? Tengo que ir á predicar.

-Con mucho gusto, padre Joaquín. Así veremos ese pueblecito de enfrente que estoy contemplando desde que vine a Huelva, pero siempre lejos de él.

-Pues mañana, si Dios quiere, lo verás.

Al otro día me levanté muy temprano con el deseo de ponernos en marcha: más el padre Joaquín dormía a pierna suelta y no parecía preocuparse ni poco ni mucho de su inmediato sermón. Por fin se despertó á las ocho ó las nueve de la mañana, se vistió, me entregó un saquito donde llevaba únicamente tres prendas, sotana, sobrepelliz y bonete, y salimos en dirección de la Calzada, más al llegar a la primera taberna, el padre Joaquín entró a tomar unas copitas y allí se entretuvo á pesar de mis ruegos.

Salió al fin; pero al llegar á la segunda, vuelta á lo mismo; nuevas copitas y nuevo entretenimiento; más como hasta el final de la calle había varias, se fue perdiendo un tiempo preciosos y llegamos algo tarde al muelle, donde un marinero nos aguardaba.

Como ya había empezado el reflujo de la marea y el agua se hallaba bastante baja, tuvo necesidad el marinero de echarse al padre Joaquín sobre sus robustos hombros, llevándolo á su lancha, y lo mismo hizo después conmigo.

El marinero iba con los pies descalzos y arremangados los calzones hasta por encima de las rodillas; así estaba en aquel tiempo el embarcadero de Huelva; el agua no llegaba a las escalinatas del muelle más que en la pleamar.

Por último, el marinero iza la vela y amarrándola en la escota de popa, puso la lancha en franquicia y partimos para Aljaraque; más como el viento era muy poco y ese poco soplaba en dirección contraria, el marinero tenía que remar y navegar voltejeando, por cuyo motivo llegamos muy tarde al desembarcadero de Aljaraque.

 Por fin subimos la cuesta, llegamos al pueblo, entramos en la única calle que entonces tenía y al llegar al final de ella vimos la iglesia que estaba cerrada.

Entonces, el padre Joaquín, limpiándose con un pañuelo el sudor de la frente por el calor grande que hacía me dice: Agustín ¡buena la hemos hecho! La función parece que ya ha concluido.

En esto se nos presenta el mayordomo, diciendo con algo de mal humor: ¡A buena hora viene usted, padre Joaquín!¡Si ya es más de la una del día! Se ha dicho la misa y ha salido la procesión.

-¡Bueno! –responde el padre Joaquín- Pues dejaremos el sermón para el año que viene.

El mayordomo nos invitó á pasar á su casa, nos sacó unos dulces y unas copas, de todo lo cual también participó el marinero, y luego, dirigiéndose el predicador á este, le dice, según tenía por costumbre: Pues, roca, vámonos otra vez á Huelva, que yo ya he concluido aquí mi sermón.

Y dicho y hecho: bajamos al embarcadero, entramos en la lancha, se desplegó la vela y con viento favorable, en un cuarto de hora llegamos a nuestra ciudad. Era ya por la tarde.

Así terminó la función del Corpus en Aljaraque, dejando en mi memoria los gratos recuerdos del sol esplendoroso y de las peripecias que nos acaecieron en aquel hermoso día.



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