IX. Callejilla del Duende o calle Hernán Cortés

Hoy la civilización ha hecho de esta callejilla una calle preciosa que lleva el histórico nombre de Hernán Cortés, glorioso conquistador de Méjico, el que derribó sus ídolos y destronó a Moctezuma, encerrándole en un oscuro calabozo.

Rafael Muñoz. 

(Publicado en La Provincia el 21 de mayo de 1918, página 1,
por Agustín Moreno y Márquez)

Imagen de la calle Méndez Núñez en los años cuarenta del pasado siglo XX. / Foto: Grupo Ayer y Hoy.
Imagen de la calle Méndez Núñez en los años cuarenta del pasado siglo XX. / Foto: Grupo Ayer y Hoy.

Siempre he creído que el sentimiento religioso es el mejor propulsor para guiar a los hombres hacia el bien; pero también es cierto que, cuando aquel no se apoya en la cultura de la inteligencia y en el conocimiento de las verdades reveladas, suele caerse por exceso de ignorancia en la superstición.


Algo así ha debido pasar en las bajas capas sociales de la población de Huelva, puesto que, de tiempos atrás, en la época a que nos referimos, ya había creencias erróneas, muy arraigadas entre la gente, mucha de las cuales perduran todavía entre nosotros.

Si se necesitaran pruebas del aserto que acabamos de estampar aquí para juzgar de la incultura de parte de esta clase, nos bastaría llamar la atención sobre el siguiente hecho;


Era una tarde invernal y yo me hallaba en casa de una familia de Valverde del Camino, cuya hija era amiga mía, en la calle de San José. De la casa de enfrente salió una joven corriendo, atravesando un charquillo de agua, y llegó a la ventana de mi amiga, diciéndole:

-“Por no de ti ha venido yo y toda mancharquinado”, enseñándole el barro de los pies.

Ahora, pues, nadie extrañará, con ese estado de incultura, que se diera acceso en el entendimiento de mucha genta a supersticiones y supercherías, que repugnan a las personas instruidas y bien educadas. Por ejemplo, véanse algunas:

El 10 de Agosto, día de San Lorenzo, en el instante en que el sol pasa por el meridiano señalando el punto del medio día, era creencia general que escarbando en la tierra se sacaba el carbón que en ella había oculto. Yo lo hice en el arriate con otras personas de la casa y sólo saqué por carbón unos pedacitos pequeños de cisco o de madera podrida que habrían ido entre el estiércol, mezclado con tierra para las flores.

Otra creencia semejante era la del día de San Juan. A la misma hora, las criadas de servicio y otras muchachas tiraban un cubo de agua en la puerta de la calle y al primero que por ella pasaba preguntaban su nombre.

-¿Cómo se llama usted?

-Antonio, Juan o Francisco.

-¡Ja, ja, ja! Ya sé el nombre del novio con quien he de casarme, Mi marido se llamará Juan, como usted.

Pero las señoritas mejor educadas practicaban otra cosa a la indicada hora que lo hacían las criadas: En un vaso de agua estrellaban un huevo fresco, y al caer la yema mezclada con la clara, aquella se depositaba en el fondo y ésta quedaba en suspenso, formando capas irregulares a través del agua.

La señorita miraba todo con avidez y en su imaginación veía en la yema la figura de un barco, y en la clara las velas sopladas por el viento. Ya no había duda: un futuro esposo habría de ser un marino o un marinero, que para el caso es igual.

No queremos hablar de otras supersticiones, porque para muestra basta un botón.

Por eso nos parece muy natural que haya todavía en Huelva una “Casa del Diablo” y una calle designada por el vulgo con el diabólico nombre de “Callejilla del Duende”.

Antiguamente fué ésta una calleja estrecha, oscura, sucia, sin alumbrado, sin casas habitadas, transversal entre la calle de Rico y la de Rascón. Con estas condiciones, de noche era medrosa y las gentes decían que en ella se veían sombras confusas. El que más y el que menos, se figuraba que servía de habitación a las brujas que revoloteaban con sus alas de murciélago y se remontaban después, cabalgando en sus caballitos de caña, mientras que abajo aguardaban impacientes su vuelta los duendes o demonios.

Hoy la civilización ha hecho de esta callejilla una calle preciosa que lleva el histórico nombre de Hernán Cortés, glorioso conquistador de Méjico, el que derribó sus ídolos y destronó a Moctezuma, encerrándole en un oscuro calabozo.

La entrada por la calle de Rascón es preciosa, con los edificios que tiene a derecha e izquierda, Obras del Puerto y Casa de Socorro, ambas de tres pisos, y dos aceras perfectamente paralelas con casas de planta alta, todas muy modernas eiguales, siguiéndole otra prolongación entre la de Rico y Monasterio. Con el tiempo será esta vía de mucha importancia por hallarse muy próxima al corazón de la ciudad, que es la plaza de las Monjas, Palacio y Concepción.



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