VII. Cementerio

A la izquierda de la cuesta del Carnicero, entrando por arriba o del lado de San Andrés, había una senda o camino estrecho que conducía al campo santo o cementerio de Huelva.

Rafael Muñoz. 

(Publicado en La Provincia el 15 de mayo de 1918, página 1,
por Agustín Moreno y Márquez)

 


Imagen del antiguo Cementerio de Huelva. / Foto: www.juntadeandalucia.es
Imagen del antiguo Cementerio de Huelva. / Foto: www.juntadeandalucia.es

A la izquierda de la cuesta del Carnicero, entrando por arriba o del lado de San Andrés, había una senda o camino estrecho que conducía al campo santo o cementerio de Huelva. El aspecto que a primera vista ofrecía éste, era de un pequeño campo cercado, no por todas partes, sino solo por el Levante y Mediodía, y a trozos, por los otros dos puntos cardinales. Nadie hubiera sospechado que aquella era la mansión de los muertos, a no ser por una cruz pequeña de hierro que tenía sobre la puerta de entrada, porciertobien raquítica, y dentro, siguiendo por el lado de la izquierda, una triple fila de nichos en su mayor parte con inscripciones de letras negras con losas de mármol.

El área o superficie del cementerio se destinaba a la sepultura común, donde se abrían los respectivos hoyos para el enterramiento de los cadáveres, sin otro signo que alguna cruz de madera con carácter transitorio.

Pero en el año de 1852 o 53, si mal no recuerdo, falleció la señora de D. Mariano Alonso y Castillo, entonces Gobernador de Huelva, y con este motivo se levantó en el centro un pequeño mausoleo que le sirvió de sepultura.

Poco tiempo después, reconociéndose por todos la insuficiencia de aquel cementerio, se trató de ampliarlo o de construir otro, para lo cual se empeñó a rebajar el llamado “Cabezo de Mardoquí”, donde actualmente se encuentra construido un merendero.

Aquel proyecto debió abandonarse por su proximidad a San Pedro y por su escasa capacidad con relación al creciente número de los habitantes de Huelva, adoptándose en su lugar otro nuevo, que fue el de San Sebastián, que también ya empieza a ser insuficiente.

¡Como que la población, que era de siete a ocho mil almas, ha llegado a cuadruplicarse, es decir, que tiene más de treinta y cinco mil habitantes!

No sé el año que se terminó la obra del nuevo cementerio, porque en ese tiempo me hallaba fuera de esta ciudad; mas cuando volví a ella, me fije en unos versos con letras grandes que habían puesto en lo alto de su portada:

Aquí el fin mísero de la vida veis;

Vuestro destino será, ¡oh mortales!,

Cual en el mundo obréis.

El pensamiento que esos versos encierra, considerados moralmente por un alma cristiana que sabe hay otra vida de premios y castigos en relación con sus obras, lo creemos muy bueno y hasta sublime; pero bajo el punto de vista poético, nada nos satisface y hasta nos parece malo, tosco, ramplón.

El primer verso es endecasílabo o de once sílabas, el segundo decasílabo o de diez ídem y el tercero de solo seis sílabas, aconsonantado con el primero en segunda persona del plural terminada en “eis”. Eso, en buena crítica, ni es versificación ni es poesía. Quizás por esa razón aquel letrero ya ha desaparecido.

Pero volviendo al campo santo antiguo de la Cuesta del Carnicero, ya completamente desmontado y formando parte de una acera de casas de la calle de Aragón, nos han contado un hecho o anécdota que sería tragi-cómica si no hubiera tenido un término fatal. Allá va el caso:

Años después de haber empezado los enterramientos en San Sebastián, este otro se fue derrumbando; desapareció su puerta, se cayeron las paredes, se recogieron los huesos que salían de las sepulturas y solo quedaban algunos nichos todavía en pié.

En uno de ellos tenía su habitación un pobre desaprensivo, un “golfo” como ahora se dice, que allí se albergaba por la noche para resguardarse del frio y de la lluvia; más otro vecino de la plaza de la Merced, que poseía una yunta de bueyes, venía con ellos en las noches de primavera para que pastaran la abundante hierba que producía el cementerio.

Pues bien: en una de esas noches, el dueño de los bueyes se arrimó al nicho donde el otro se hallaba, cubriéndose la cabeza con el capirucho del capote, porque empezó a llover; pero el “golfo”, que estaba despierto y observó la faena del vecino, le dio la tentación de tirarle del capiruchete. “Demonio, ¿qué será esto? ¡Bah, se habrá agarrado el capote de algún matojo”.

Pero el desaprensivo le vuelve a dar otro tirón tan fuerte, que casi lo cae de espaldas; el vecino dio un grito horrible, salió corriendo, se metió en su casa, cayó enfermo y a los pocos días murió.

He aquí el desenlace de aquella mala tentación del indicado golfo.

Tales son los frutos que produce casi siempre la inconsciencia de la ignorancia.



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