Mini

Viaje a Huelva en 1845-46

Continuamos con la segunda entrega de esta sección dedicada a los artículos publicados por Agustín Moreno y Márquez en la prensa de su época. Una recopilación realizada por Rafael Muñoz Gómez.

Rafael Muñoz Gómez. 

Linares de la Sierra.
Linares de la Sierra.

Aunque yo nací en esta hermosa ciudad, pasé los primeros años de mi infancia en Linares de la Sierra, donde mis padres me llevaron a los pocos meses de haber nacido. Sería el Otoño de 1845 o 46, cuando mi padre me dijo un día: Voy a llevarte a Huelva para que conozcas a tus padrinos y la tierra en que nacistes; allí verás los barcos, el río, la mar y otras muchas cosas que te sorprenderán y te habrán de gustar mucho.

¡Qué alegría! ¡Vería los cazones, los bacalaos, las sardinas, que, según decía mi padre, se criaban en la mar y las cogían con redes los pescadores!




Llegó el día deseado y nos pusimos en camino, yendo montado delante de mi padre en una caballería. Pasamos por una venta que me dijo llamarse las Casas del Puerto y al obscurecer llegamos a Valverde del Camino. Allí me llamó la atención que no corrían las aguas de la fuente como en Linares, sino que las mujeres la sacaban, con un cacharrito atado a una cuerda, del fondo de un pozo y con el cual llenaban poco a poco los cántaros.

Hicimos noche en Valverde y al otro día nos pusimos en marcha; pero al pasar por el pinar de dicho pueblo, distante de él una legua o algo más, me sorprendió un artefacto que yo no había visto en mi vida: era una carreta tirada por seis bueyes. Después, en el trayecto de Trigueros, ví algunas más y otras cubiertas con cañas y lienzo y tiradas por mulas. Mi padre díjome que estas otras se llamaban carros.




A la caída de la tarde dejamos atrás la ribera del Salado y desde las alturas o asomadas de Huelva ví dos pueblos algo distantes, que eran Moguer y Palos, según me dijo mi padre, añadiendo con tono humorístico: “De Moguer llevaron un Cristo a Palos por que no quiso llover.”

El cronista realizó una descripción detallada de la configuración urbana de la ciudad.
El cronista realizó una descripción detallada de la configuración urbana de la ciudad.

Seguimos nuestra marcha, dejando el camino de la Soledad a la izquierda y tomando el de Cardeñas por la derecha. ¡Oh, qué sorpresa tan grande! ¡Qué horizonte tan dilatado! ¡Qué río tan hermoso! Yo nada decía de mi padre, pero sentía intensas emociones en el fondo de mi alma. No podía comprender cómo los barquichuelos, esos que llaman lanchas, de una sola vela, caminaban en opuestas direcciones, siendo empujadas por el mismo viento.

Por fin, entramos en Huelva, no sin habernos detenidos en la caseta de consumos, donde nos registraron hasta las alforjas, en tanto que yo me recreaba mirando una cruz de hierro que estaba sobre un torreoncito cuadrangular, entre la caseta y el pueblo, y en frente, al otro lado, el soberbio edificio del convento de la Merced (—–ilegible—-) que en el camino de Cardeñas nada había hallado digno de especial mención, más que la capillita de la Virgen a la izquierda y algo más distante, un horno de ladrillos a la derecha.

Entramos, al fin, en Huelva por la Vega Larga, que así cómo la plaza de la Merced, era terregosa, sin acera ni empedrado, sin ningún árbol y sin ningún asiento. Las calles laterales, Medio Almuz, Rui-Vélez, La Palma y Peral, eran, poco más o menos, lo mismo, en general con las casas de planta baja, y sólo en la del Peral y en la de San José se veían empedradas y con casas, aunque viejas, de planta alta. Al desembocar esta última en la calle del Puerto, se hallaba un edificio vetusto llamado el Alfolí, en la acera de la derecha, formado ángulo obtuso, por lo cual, al desaparecer, ha quedado allí Una especie de plazoleta. Pasmapensar el aumento de población de ese barrio desde aquella fecha hasta el presente. Sin contar la multitud de casas que hay desde Cardeñas ni las del barrio de Las Colonias que constituyen verdaderas calles, tenemos Alameda Matheson, carretera de Gibraleón, García Cabañas y Cala, Rafael Guillén, Granada y Gran Capitán, sin olvidar al lado opuesto las de Aragon y algunas pequeñas trasversales. Todas esas calles son enteramente nuevas.

Atravesamos la calle del Puerto, frente a la cual, en los barridos, se veía un torreón que era el Polvorín. En aquella época la sal y la pólvora estaban estancadas y monopolizada su venta por el Gobierno. Seguimos adelante por la de Isabel II, Albornoz y la de los Herreros, entonces muy estrecha y llegamos a la Placeta, en medio de la cual se levantaba un pedestal con una gran cruz de hierro, la misma que hoy se encuentra en lo alto del cabezo, frente a la ermita de la Virgen de la Cinta. Entramos por último en la posada, entregó mi padre a un mozo la caballería y pidió un cuarto en el piso alto. Era aquella posada la que hasta poco ha, se ha conocido con el nombre de Fonda Nueva.

Luego que descansamos un rato, fuimos á ver a mis padrinos, que vivían en la calle del Hospital, y los cuales no consintieron que volviésemos a la posada sino que nos quedásemos en su casa para comer y dormir durante los días que estuviésemos en Huelva.

Poco después, mientras arreglaban la comida, salimos a echar un paseo por la Calzada, hoy almirante H. Pinzón, y allí pude contemplar el derribo de una ermita o capilla de la Virgen de la Estrella y en la que oían misa, por la mañana temprano, los marineros antes de su salida al mar. Sobre sus escombros se alzaba una empalizada y á continuación un pequeño muelle u obre de mampostería. Más allá, sólo se veía una extensa superficie de fango, algunos botes, lanchas y barcos en seco y el río un poco distante por ser la hora de la bajamar.

Al día siguiente, mi padre me llevó por las principales calles, Concepción, Palacios, Señas, San Francisco, Palos, Fuente y Plaza de San Pedro, indicándome allí la casa en que había nacido frente á la misma iglesia parroquial, regresando después por las del Puerto, Botica o Ariza, hoy Tetuán, hasta la del Hospital. En los días sucesivos me enseñó las calles de la Botica, Rascón, Ricos, Monasterio, y Plaza de las Monjas, que por cierto era una tercera parte de lo que es hoy, sin otro pavimento que una capa de arena y en el perímetro unos cuantos asientos ordinarios de mampostería con algunos árboles pequeños.

También en otros días un hijo de mi padrino me llevó a las calles de San Andrés, Silos, Matadero, San Sebastián, Garci-Diaz, Plaza de la Soledad, Madre Ana, Nueva, En medio, Berdigón y Miguel Redondo. Tal era Huelva en general una población grande con las calles anchas, empedradas todas las del centro con sus correspondientes aceras de loza de Tarifa y buenas casas, en su mayor parte de dos pisos.

Más tarde, o sea cuatro o cinco años después, á mitad del siglo, cuando volví a esta ciudad á completar mi enseñanza, pude formar un juicio más exacto y completo de lo que era Huelva como capital de provincia.

Para poder satisfacer la curiosidad de mis lectores, eso será objeto de los capítulos sucesivos.

(Agustín Moreno y Márquez. Publicado en La Provincia el 23 de abril de 1918, páginas 1 y 2)
 




Deje un comentario

Su dirección de correo no será publicada.