El precio de los regalos

Es el inicio de la mayor escalada de consumismo que el capitalismo ha podido inventar para el mundo desarrollado, y en el que son cómplices indirectos el insigne Papá Noel, nuestros queridos Reyes Magos, papá, mamá, usted y yo.

Taller ilegal.
Taller ilegal.

Benito A. de la Morena. Pasó la Navidad y los Reyes acaban de visitar al Niño recién nacido. Para unos nació el Salvador, el Hijo de Dios, para otros sólo fue un motivo de encuentro familiar que intentó hacernos olvidar los sinsabores del año que pasó, pero en todos los casos se despertó la necesidad de ofrecer un pequeño detalle que, a modo de recuerdo, sirva para testimoniar el afecto, y así iniciamos las ofrendas con algo más que oro, incienso y mirra. Es el inicio de la mayor escalada de consumismo que el capitalismo ha podido inventar para el mundo desarrollado, y en el que son cómplices indirectos el insigne Papá Noel, nuestros queridos Reyes Magos, papá, mamá, usted y yo.

Las multinacionales, ese ente mercantil creado para generar dinero, promueven miles de puestos de trabajo en todas las partes del mundo que ofrezcan mano de obra barata, para fabricar los millones de regalos que se intercambian los ciudadanos del planeta en tan sólo quince días.

Miles de millones de euros se mueven con frenesí en un mercado al que las comunicaciones y transportes facilitan su expansión, hoy ampliada con la compra telemática. Un mercado poderoso que usa de las nuevas tecnologías para ofrecer al cliente caprichoso y consumista un objeto inútil que, al ser pomposo y llamativo, cubrirá el principal motivo de su adquisición, cumplir con el mensaje subliminal que se nos ha ido inculcando desde niños, “la obligación del regalo en fechas concretas”, para así tranquilizar la conciencia por no haberte demostrado el resto del año la solidaridad y el aprecio debido, por no entregarte mi mano cuando la necesitabas, por olvidarme de corresponder a tu ayuda, por no haber sido más humano y haber pretendido abusar de tu confianza, y para paliar esos olvidos y otros muchos más, hemos aprendido a decir “te quiero” en unas fechas especiales, y a entregarnos un “regalo”.


Un análisis superficial de las causas y consecuencias de ésta última actuación, nos transporta al submundo de los “niños esclavos” que con sus manos dúctiles y sensibles, inducidas por la necesidad que da el hambre, ejercen desde los diez años una intensa actividad laboral para fabricar los juguetes y otros artículos de consumo que otros niños privilegiados del primer mundo disfrutarán; ¡así es la vida!.

Pero detrás subyace la sombra de las grandes empresas del mundo “civilizado”, que hacen riqueza con la explotación de más de cuatrocientos millones de niños del tercer mundo, según datos de la UNICEF. Emporios gigantescos de poder y de ambición que algún día sucumbirán ante el levantamiento de las masas que azuzadas por la miseria y el odio al opresor, destruirán el mundo que los sostiene. Será una revolución más en la reciente historia de la humanidad.


Y como consecuencia directa e inmediata del día a día, descubrimos que estamos esquilmando los recursos naturales, disminuyendo de forma acelerada las materias primas con las que fabricamos los preciados “regalos”; que el despilfarro con que se usan ciertos materiales, como es el caso de los plásticos, plomo, estaño, aluminio, etc., así como la falta de rigor en el control y tratamiento de los residuos peligrosos que su manipulación genera, está produciendo nocivos subproductos contaminantes que afectan a la salud de operarios y usuarios, y generando daños irreversibles a la calidad ambiental de las aguas, de la atmósfera y del subsuelo que cobija al ser humano y que, a modo de ejemplo, se está reflejando en el incipiente cambio climático actual.

Por Navidad la basura doméstica se elevará un 30 % más sobre ese kilogramo habitual que, por persona y día, se genera en las grandes y medianas ciudades. Los desechos principales seguirán siendo el papel, cartón, vidrios y envases, pero después de Reyes también aumentarán muy notablemente los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos procedentes de juguetes infantiles que contienen cromo, plomo, estaño, mercurio y cadmio y otros componentes peligrosos de las tarjetas electrónicas, pilas y acumuladores que generan el gracioso movimiento articulado de los robots que hacen las delicias de nuestros hijos, y que proceden de ese tercer mundo, el de los niños esclavos.

Un disfrute consentido por los mayores para lograr la felicidad de “sus” pequeños, quienes podrían no llegar a conocer la calidad ambiental en “su” futuro, cuando crezcan, porque sus  predecesores, nosotros, que tanto cariño les tenemos, no hemos sido capaces de controlar los problemas del presente y mirar por su futuro.



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