El estuario del Tinto-Odiel y la isla de Saltés, escenario bélico en el primer cuarto del siglo XIX (I)

"Como se sabe, en esta etapa las fuerzas imperiales establecieron su base de operaciones en Niebla, al amparo de las viejas murallas, ocupando más o menos de forma permanente las poblaciones situadas en la orilla izquierda del Tinto. El estuario y sus islas quedaron, por lo tanto, en pleno frente de combate", tal y como explican Juan Villegas Martín y Antonio Mira Toscano.

Juan Villegas Martín y Antonio Mira Toscano. El espacio definido por la desembocadura de los ríos Odiel y Tinto, de incuestionable trascendencia histórica a lo largo de la Edad Media y principios de la Edad Moderna, parece perder en los siglos posteriores parte de su protagonismo, sobre todo si atendemos a la desaparición de la población que ocupaba el espacio insular enclavado en el corazón del estuario: la ciudad de Saltés. A pesar de ello, la Historia no abandonó estos parajes, aunque es bastante desconocido el papel que jugaron en los conflictos en que España se vio envuelta durante las primeras décadas del siglo XIX, en particular los dos enfrentamientos armados contra Francia: la Guerra de la Independencia y la intervención de los llamados Cien Mil Hijos de San Luis. Los condicionantes políticos y militares en que se desarrollaron estos dos conflictos hicieron que tanto las islas del estuario como las orillas de ambos ríos conocieran de primera mano operaciones militares de todo género y vivieran paso a paso el pulso de la guerra. El estudio que sigue se esfuerza en desgranar los detalles de este protagonismo, considerando como ámbito de estudio la totalidad del estuario de ambos ríos, en tanto que espacio unitario e indisociable donde cruzaron las armas españoles y franceses.

mira-saltésLa importancia de la zona en la Guerra de la Independencia. Con la invasión de Andalucía por las tropas del rey José Bonaparte, en enero de 1810, todo el territorio español situado al oeste de Sevilla quedaba a merced de las fuerzas napoleónicas, abriéndose para las tierras de Huelva una etapa de su historia tan difícil como apasionante.

Sin intención de adentrarnos en los detalles del proceso de conquista y en la articulación de la resistencia patriótica, indiquemos que este período se inicia en el territorio onubense con el traslado de la Junta Suprema de Sevilla hasta Ayamonte, protegida por una corta fuerza militar que será en principio la única defensa contra la invasión gala. La ciudad fronteriza ofrecía a los miembros de la junta sevillana la seguridad de la cercana Portugal, nación igualmente enfrentada a Napoleón y defendida por las escuadras inglesas. Ya desde estos primeros momentos, la Junta parece barajar la idea de que la defensa contra el francés tendría que tomar cuerpo en zonas como Cádiz, la isla de León y serranías como las de Ronda o Sierra Morena, además de “los recursos que ofrece el dominio del mar y los auxilios de los aliados” (Moreno Alonso 2001: 324). Estas primeras ideas nos permiten ya atisbar ciertas condiciones para el protagonismo que, como veremos, alcanzaría el solar de la actual provincia de Huelva.

Muy poco después se harían ya notar las operaciones del ejército francés en su ocupación del Condado y la Tierra Llana, desplegando un importante poderío militar ante el que poco podían hacer las fuerzas resistentes, acaudilladas por el Vizconde de Gante. En torno al 12 de febrero de 1810 las tropas napoleónicas efectuaban exitosas incursiones por la zona de Moguer y Niebla, instalándose pronto en esta última población. En los primeros días de marzo se adueñaban de Gibraleón, exigiendo desproporcionados suministros a sus vecinos. Lo mismo harían en los días sucesivos en las villas situadas junto al camino real, por el cual llegaban a Ayamonte el 6 de marzo. Puede decirse que a fines de dicho mes los franceses habían logrado ya sus objetivos principales en la actual provincia de Huelva, sobre todo porque controlaban el área de su mayor interés, los puertos del Tinto-Odiel y el Condado, mientras que el resto del territorio quedaba a merced de las rápidas expediciones de su caballería.

Así las cosas, la resistencia española en la zona quedó en estas fases iniciales en un penoso estado de inferioridad, determinado por la escasez y desorganización de la fuerza militar a las órdenes de Gante, y por la desarticulación de la autoridad en los pueblos, divididos entre la lealtad al rey Fernando y la obediencia al poder militar imperial. No es este el lugar para analizar el proceso de superación de esta situación, por medio de la organización de lo que se llamará pronto Ejército del Condado, que, mandado primero por el Vizconde de Gante, conocerá a partir de mediados de abril un gran impulso bajo el mariscal de Campo Francisco de Copons y Navia. Indudablemente serán esta unidad y su comandante unos de los más destacados protagonistas del conflicto en la zona de nuestro estudio (Villegas y Mira 2011a).

mira-saltes-2Pero centrándonos en el tema que nos ocupa, es preciso señalar que desde los primeros momentos del despliegue militar francés una serie de factores van a confluir para otorgar al estuario de los ríos Tinto y Odiel un papel determinante en el desarrollo del conflicto. Adelantemos que en ocasiones la trascendencia de este papel tendrá un alcance más o menos local, pero en otras lo ocurrido en el territorio que estudiamos se mostrará relevante para el desarrollo general de la guerra.

Uno de estos factores tiene que ver con la configuración insular de la parte central del estuario, integrada por tierras rodeadas de marismas y esteros de difícil acceso terrestre. Esta inaccesibilidad se convertirá en una importante ventaja defensiva, sobre todo cuando el objetivo de las operaciones militares sea el repliegue, maniobra que con mucha frecuencia van a utilizar las tropas españolas durante gran parte de la ocupación imperial. La facilidad defensiva de los espacios insulares cercanos a las costas, a los que se consideraba en cierto modo fortificados por la propia naturaleza, les conferirá un papel relevante para la resistencia española, función que les queda claramente reconocida por la planificación militar de la época. Así, en 1810, los lectores de la Gazeta de la Regencia de España e Indias podían leer en una información fechada en Ayamonte el 5 de septiembre que “las islas de España inmediatas a las costas de la península deben considerarse como otros tantos asilos para los patriotas, sus bienes, sus papeles, y demás efectos de fácil transportación”, utilizándose además como “arsenales y depósitos inaccesibles á las armas del tirano”, donde, entre otras cosas, “se labren armas y se adiestren los defensores de la patria”.

La isla de León, en Cádiz, y la de Canela, en Ayamonte, aparecían ya en octubre de 1810 consideradas como algunos de los puntos en Andalucía, “designados por la naturaleza” y “de imposible o por lo menos de muy difícil acceso a los enemigos” (Quadrado y de Roó 1852:192), que debían ser convertidos en estos depósitos o refugios de los resistentes. Ambas islas jugarían un papel fundamental en el desarrollo de la guerra; la gaditana, como bastión protector de la sitiada Cádiz (Quintero González 2010); la ayamontina como centro de adiestramiento, resguardo, preparación de armas y pertrechos, concentración de dispersos o desertores, y otras funciones derivadas de su fácil comunicación marítima con la ciudad gaditana (Villegas y Mira 2011b). Menos llamativo es el caso de la isla de Saltés, para la que no se conoce ningún plan específico tendente a convertirla en alguno de estos depósitos, tal vez por hallarse en plena línea del frente. No obstante, sí que consta, como explicaremos más adelante, su uso como refugio de tropas en retirada y sus privilegiadas condiciones para el tráfico marítimo en plena guerra.

Ténganse en cuenta a la hora de entender el papel de estos espacios litorales las especiales circunstancias de los contendientes. Claramente superior en tierra, la potencia militar napoleónica había quedado muy reducida en el mar, sobre todo tras el desastre –solo cinco años antes de las fechas en que nos movemos– de Trafalgar. La hegemonía sobre las costas españolas correspondía ahora a la armada británica, a la sazón aliada de los españoles. Con ello estos disponían de una notable facilidad para el desplazamiento marítimo, cosa que era imposible buscar en las comunicaciones terrestres. Así lo reconocía la Regencia española en una carta fechada el 19 de febrero de 1810, indicando que entre Cádiz y las costas de Huelva está “solo expedita la comunicación por agua”. Tal situación será hábilmente aprovechada por el ejército español, desarrollando en el litoral de Huelva, y más precisamente en el estuario de nuestro estudio, una notable flota de embarcaciones ligeras que servirán como elementos de relación entre los diversos territorios e islas, al tiempo que se convertirán en una verdadera pesadilla para las tropas napoleónicas de ocupación.

La falta de control francés sobre las aguas en general y sobre las costas del Golfo de Cádiz en particular será una baza clave en la estrategia militar española. Y esto es así sobre todo porque tal situación va a posibilitar que el cerco francés sobre Cádiz, máximo objetivo de las tropas napoleónicas en estas fechas, nunca pueda cerrarse del todo, puesto que por vía marítima, y principalmente desde las costas onubenses, llegarán de continuo a la ciudad sitiada víveres, pertrechos, tropas y algo muy importante: información (Saldaña y Butrón 2012). Debemos considerar esta situación estratégica como un segundo factor coadyuvante a la relevancia del espacio de nuestro estudio en el conflicto. Tanto el estuario de Tinto y Odiel como sus islas y la propia villa de Huelva se convierten en puntos vitales para las operaciones de los resistentes españoles puesto que desde ellos se garantiza, con mayores o menores dificultades dependiendo de la presión gala sobre la zona, el embarque y desembarque de las mercancías o de las tropas.

Así lo veían también los franceses, para quienes los puertos de Moguer y Huelva, “placés en regard l’un de l’autre à l’embouchure du Rio-Tinto et de l’Odiel, à douze lieues à l’ouest de Séville, sont favorables à l’embarquement et à l’exportation des subsistances destinées à la garnison de Cadix” (Lapène 1823 : 41). Prácticamente libre el resto del litoral del peligro francés y protegidas sus rutas por los navíos ingleses, el tráfico marítimo con Cádiz es, a pesar del asedio, muy similar al que podría existir en tiempo de paz.

Lo que comentamos queda refrendado por una larga lista de datos que, por no ser prolijos, resumiremos en los más relevantes, y que demuestran la importancia de toda la costa de Huelva y especialmente del estuario que estudiamos como eje de comunicación y sostenimiento de Cádiz. La presencia de los aliados ingleses podemos ilustrarla con la noticia de la entrada de tres navíos de aquella nacionalidad en marzo de 1810 en la Ribera de Cartaya, información que el jefe de las fuerzas imperiales se apresuraba a comunicar con preocupación al mariscal Mortier pocos días después. En efecto, durante todo el período 1810-1812 los franceses temieron, o directamente sufrieron, el peligro de los movimientos de tropas que, sin control posible por su parte, efectuaban los resistentes entre nuestras costas y Cádiz. En abril de 1810 es el mariscal Soult quien avisa de un posible desembarco español en la zona de Ayamonte con material y armamento procedente de Cádiz; y casi un mes más tarde los franceses se ven obligados a rechazar otra operación similar entre las torres del Río del Oro y la Arenilla (Degroide, 2002).

Son solo algunos ejemplos de una realidad que, a fuerza de repetida, acabaría por constituir una verdadera obsesión para los jefes imperiales destacados en el territorio onubense. Aunque a algunas de estas acciones propiamente militares volveremos a referirnos más tarde, lo que más sorprende a quien accede por primera vez a la documentación de la época es la naturalidad con que la prensa publicada en Cádiz se refiere al movimiento portuario de la ciudad, claro síntoma de normalidad en las comunicaciones marítimas, especialmente con la costa de Huelva. Así, y sin ánimo de exhaustividad, indiquemos que en la primera semana de febrero de 1811 salían del puerto gaditano en dirección a Ayamonte los místicos de correo “San Cayetano” y “Nuestra Señora del Carmen”, con tres cajones de correspondencia entre ambos.

En los primeros días del mes siguiente y con igual destino lo habían hecho el místico “Virgen del Carmen” y el “falucho del rey número 33”; y el 7 de septiembre consta que habían recogido correspondencia en la administración de correos de Cádiz los místicos “Dolores” y “Carmen”, también para llevarla a Ayamonte. Los datos parecen evidenciar el mantenimiento de una comunicación regular de la correspondencia, en absoluto interrumpida por el bloqueo terrestre.

Igualmente regular resultaba la recepción de este correo; por ejemplo, el 12 de agosto de 1812 volvemos a tener noticia del falucho correo “El Carmen”, que llegaba a Cádiz con correspondencia desde Ayamonte. Y no solo es correo ordinario lo que llega por este medio. También circula en estas embarcaciones, a través fundamentalmente de sus patrones, información de primera mano sobre las zonas de conflicto, datos que, en manos de la dirección militar española, permiten la toma de importantes decisiones sobre las operaciones. Indiquemos para ilustrar este aspecto que el patrón del místico “La Virgen de la Soledad”, llegado a Cádiz desde Ayamonte el 5 de abril de 1812, trasladaba junto al correo la noticia oída en la barra de Huelva de que los ingleses habían capturado a 600 franceses. O las informaciones del patrón del falucho “Nuestra Señora de Regla”, procedente de Lepe, que el 10 de mayo del mismo año comunicaba en la capitanía del puerto gaditano haber visto varados a causa del vendaval una decena de buques costeros españoles entre Punta Umbría y la Punta del Gato, en Cartaya, sin que pudiera determinar “a qué convoy pertenecían”.

A pesar de todo, no debemos pensar que los franceses no intentaran oponer obstáculos a este tráfico, tan perjudicial para sus intereses. Así nos lo revela su intención de construir una  flota de 26 embarcaciones cañoneras para operar en la zona de Cádiz; o la existencia de un decreto del rey José, firmado en Sevilla el 19 de abril de 1810, por el que pretendía “promover y facilitar el armamento de buques que salgan de los puertos de nuestros dominios a amparar nuestro comercio de cabotaje, y a hostilizar con frecuente corso al enemigo” (Daza Palacios, 2014: 86). La iniciativa encontró especial desarrollo en el puerto de Sanlúcar de Barrameda, que acabó constituyéndose en importante base para este corso francés y principal escollo que debían sortear todas las embarcaciones en su viaje entre Huelva y Cádiz.

No obstante, el peligro de estos corsarios nunca fue suficiente freno para la constante actividad de los barcos gaditanos u onubenses, entre otras cosas por la protección que podía dispensar la fuerza naval británica. Así las cosas, será especialmente importante para la ciudad sitiada la permanente llegada de víveres y pertrechos desde el litoral de Huelva. También serán los puertos onubenses los encargados de la mayoría de estas transacciones, vitales para el sostenimiento de la población y para el suministro y operatividad del ejército. Una tartana procedente del puerto de Huelva, la “Santa Rosa”, pudo libremente entregar su cargamento de chacinas en Cádiz el 5 de abril de 181210. Un mes después se registraba la entrada de un falucho con verduras traídas desde Lepe11. Ladrillos, carbón, leña, verduras, garbanzos y frutas descargaron el 12 de agosto en el puerto gaditano nada menos que 19 barcos costeros procedentes de Huelva y uno de Moguer, aunque ya para estas fechas la retirada de las tropas francesas de las tierras de Huelva empezaba a ser algo más que un hecho previsible.

El tercer factor que sitúa al estuario del Tinto-Odiel en el centro del conflicto hispano-francés entre 1810 y 1812 será el modus operandi del ejército napoleónico en la zona y el consecuente dibujo de los frentes de guerra. Preocupados especialmente por el control de Sevilla y la conquista de Cádiz, sede de las Cortes y la Regencia, la ocupación permanente de la actual provincia de Huelva no representaba para los franceses un objetivo prioritario. De hecho, y tras las primeras expediciones en el invierno de 1810, que sí se extendieron hasta el río Guadiana, puede decirse que su dominio efectivo sobre el territorio alcanzaba solo a la parte oriental, con límite aproximado unas veces en el Tinto y otras en el Odiel. Como se sabe, en esta etapa las fuerzas imperiales establecieron su base de operaciones en Niebla, al amparo de las viejas murallas, ocupando más o menos de forma permanente las poblaciones situadas en la orilla izquierda del Tinto. El estuario y sus islas quedaron, por lo tanto, en pleno frente de combate, convirtiéndose en área de fricción entre los contendientes y escenario de numerosos enfrentamientos.

(Continuará)



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