Los electores y Trump

Se antoja un futuro inestable ante un clima de desencanto e incluso de cierta confrontación que no es, ni mucho menos, exclusivo de algunos territorios.

Juan Carlos Jara. La llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos de América ha provocado un importante revuelo en la opinión pública mundial y ha girado miradas inquietas hacia la nación más poderosa del mundo. De forma inesperada y sorteando las dificultades de alcanzar la cima del poder sin ser considerado, al menos bajo los cánones más ortodoxos, un político al uso, el nuevo mandatario ha roto con todas las previsiones y se ha convertido en el máximo exponente de la metamorfosis que está sufriendo nuestra sociedad en los últimos años.

La llegada al poder de Trump no puede ser considerada como un hecho casual. Al contrario, el millonario neoyorquino ha seguido el camino que en los últimos años ya abrieron otros inesperados nuevos políticos que encontraron el favor de los electores a niveles menos relevantes que el ahora presidente norteamericano pero ofreciendo, como él, una ruptura con el estilo de hacer política existente. El fenómeno, además, no es nuevo, pues ya en épocas más lejanas también llegaron al poder dirigentes que no ofrecían a priori esa forma de gobernar no sujeta, por llamarlo de algún modo, a los cánones habituales.

Los ciudadanos desean una nueva gobernanza y son los políticos, los profesionales del poder, los que no están respondiendo a una demanda cada vez más numerosa de una población hastiada por la continua degeneración de la política. Y lo peor de todo no es esa falta de respuesta sino lo que la misma representa. Los políticos de toda la vida no toman las riendas ante esa nueva demanda social, probablemente porque no puedan ofrecer un cambio sin resquebrajar por completo un sistema de partidos con un abundante clientelismo que, por otro lado, les mantiene a ellos en su estatus.

Con todo, se antoja un futuro inestable ante un clima de desencanto e incluso de cierta confrontación que no es, ni mucho menos, exclusivo de algunos territorios. Al contrario, la pérdida de confianza en los dirigentes es ya un fenómeno global que tiene en episodios recientes la confirmación de que es necesario un cambio de rumbo. La subida en número de votos de grupos que ofrecen al elector un mensaje de ruptura, el desinterés por la política o el inesperado revés que el éxito del ‘brexit’ ha supuesto para el gobierno británico, son ejemplos de ello.

Lo peor de este deseo de cambio en un amplio sector de la sociedad no es el propio deseo en sí, evidentemente justificado por los hechos, sino la resistencia que la extensa clase política actual está ofreciendo al mismo. Cada vez estoy más convencido de que la ruptura social será aún mayor teniendo en cuenta que estos últimos años, de claro acercamiento de los ciudadanos a iniciativas alternativas no siempre fiables, no han desembocado en un cambio en el político tradicional sino en un claro enroque en sus posiciones de privilegio y de elevado gasto, no acordes con la realidad social contemporánea.



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