Adiós, hermano Esteban

No olvidaré nunca aquellas clases, cuando quizás no sabíamos disfrutar del todo de la felicidad de ser joven.

Juan Carlos Jara. Se fue y nos dejó su recuerdo. Nos dejó también horas de enseñanza que hoy regresan a mi cabeza mientras se me escapa una sonrisa y se me llena el alma de tristeza. Quiero volver, aunque solo sea un momento, a ese pupitre y a esa aula sobria pero llena de la calidez de nuestra adolescencia. Recuerdo aquellos días sentado frente a él mientras derrochaba ese innato entusiasmo por la docencia que no siempre agradecíamos como debiéramos. Y le recuerdo ante una pizarra repleta de números y fórmulas que luego, en vísperas de Navidad, se apartaban gustosamente para abrirle hueco a su tradicional dibujo del Nacimiento, realizado con tizas de colores y con un buen pedazo de cariño en una hermosa muestra de arte efímero.

Querías, Esteban, que fuésemos cajón de sastre, porque siempre es útil tener un martillo aunque no sepas cuando vas a necesitarlo. Querías también que subiésemos el nivel, ése que la gente de la calle imaginaba tan alto en nosotros, aunque no fuese del todo cierto. Y nos llenabas la mente de números de la misma forma que antes habías hecho con la pizarra, logrando que me apasionasen aún más esos cálculos infinitos. Curioso, pues nunca había oído hablar de los logaritmos neperianos hasta que tú los mencionaste.

No olvidaré nunca aquellas clases, cuando quizás no sabíamos disfrutar del todo de la felicidad de ser joven, pero tampoco olvidaré nunca tu rostro triste aquel día en el que, tras bastante tiempo sin ir por el colegio, algo me impulsó a acudir a una cena informal en la que te despedías de tus antiguos alumnos y de tu querida Huelva. Te dolía mucho marcharte y ahora es a nosotros a quienes nos duele que te hayas marchado…

Recuerdo un aula con azulejos celestes y ventanucos a un pasillo que parecía infinito. Recuerdo aquellas vistas a una casa que parecía encantada, en un colegio que era casi todo nuestro mundo. Y te recuerdo a ti, subido a la tarima frente a nosotros mientras apenas éramos capaces de percibir lo maravillosos que eran esos años. Gracias, hermano Esteban, por formar parte de ellos y gracias por tu empeño. Huelva también te tiene en el corazón tal y como tú la tenías a ella. Descansa y disfruta, donde quiera que se encuentre ese lugar que ahora habitas y al que todos aspiramos. Ah, y no te olvides, claro, de darle un saludo de mi parte al hermano José Ramos.



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